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Diversidad e integración social.
Junio 1995

La preparación y la inserción laboral de inmigrantes

Francesc Carbonell i Paris
Fundació SER.GI.

 

Este artículo nos ofrece un análisis de la situación y características de la emigración extracomunitaria y situa en este contexto la preparación y la formación. Destaca las incongruencias de la aplicación de un sistema general de formación y apunta las líneas que deberian orientar la preparación de los inmigrantes en el marco de un nuevo concepto de integración.

De emigrante a "trabajador invitado".

Si bien la inmigración extranjera en Europa se ha producido y ha sido condicionada, a menudo, por fenómenos supranacionales que han afectado a todo su conjunto, no es menos cierto que las peculiaridades y coyunturas socioeconómicas de cada uno de sus países ha tenido quizá tanta o mayor importancia.

En este sentido, los procesos y ritmos nacionales de desarrollo industrial, y su relación con la propia demografía, han tenido gran trascendencia. Pero no hay que olvidar que, en el caso de inmigraciones extracomunitarias, también los propios procesos de colonización y de posterior descolonización han condicionado fuertemente las fases y la importancia de la inmigración no europea que ha "acogido" cada país. Incluso el propio concepto de Estado-nación, de ciudadanía, de extranjería, etc. han definido y concretado algunas peculiaridades o "estilos nacionales" en la forma de dar respuesta a las muchas cuestiones que plantean en la vida cotidiana de los países europeos la migraciones, especialmente las procedentes de los países más pobres, así como también en la configuración del propio concepto de inmigrante.

Por encima de estas, sin duda importantes, especificidades de cada país, tres acontecimientos históricos de alcance mundial, suelen citarse como puntos muy significativos de cambio de tendencia en las migraciones contemporáneas en (o hacia) Europa: las dos Guerras Mundiales y la crisis del petróleo de 1973.

Antes de la Primera Guerra Mundial, Europa es más un continente emisor que receptor de migraciones. De 1846 a 1915 cerca de 43 millones de personas emigraron de Europa hacia países de ultramar (principalmente a los continentes americano y australiano). Existía también una migración continental, sobre todo de Europa oriental e Italia hacia la agricultura y la minería de Bélgica, Alemania y Francia. De 1871 a 1914 unos tres millones de europeos se desplazaron hacia otros lugares de Europa en busca de trabajo.

La Segunda Guerra Mundial marca el inicio de la expansión más importante del movimiento migratorio contemporáneo en y hacia Europa. Ocurrirá especialmente durante los años 50 y 60, en los cuales coincide la reconstrucción y expansión industrial del cuadrante noroccidental de Europa, al mismo tiempo que han decrecido sensiblemente o se mantienen muy bajos sus índices de natalidad.

El capitalismo europeo se reactiva, gracias a la tutela económica y la protección política de sus aliados americanos, lo cual permite que, incluso en los países más castigados por la guerra, se den crecimientos económicos tan espectaculares como el que se llamó "el milagro alemán". Durante este período se reclutan sistemática y organizadamente muchos colectivos de trabajadores extranjeros, en ocasiones "importados" masivamente de una misma localidad, a la busca y captura de una mano de obra, a veces cualificada pero siempre barata, no sólo en las propias colonias, sino también y en cantidades notables en los países del sur de Europa. Se trata, por tanto, de una inmigración de fuerza de trabajo.

En este período se produce la consolidación del tópico de una Europa importadora de emigrantes: Alemania Federal, Francia, Bélgica, Suiza, Holanda y Austria; y una Europa exportadora de trabajadores. Sólo en veinte años, entre el 1955 y 1974, este trasvase supuso las respetables cantidades de 730.000 griegos, 3'8 millones de italianos, 2 millones de españoles, un millón de portugueses, un millón de yugoslavos, cerca de dos millones de turcos además de un millón y medio de magrebíes...

La crisis del petróleo de 1973 marcará el inicio del fin del "estado del bienestar" y transformará en pocos años esta política de puertas abiertas no sólo en una actitud contraria de cerrazón, sino que incluso se potenciarán las políticas de retorno a los países de origen.

A pesar de las restricciones que supusieron en la mayor parte de países europeos industrializados el cierre casi absoluto de sus fronteras a los inmigrantes, las cifras de trabajadores extranjeros y de sus familiares en Europa seguirán todavía creciendo debido a diversos fenómenos, uno de los más importantes el de asentamiento, que se refuerza con las reagrupaciones familiares y el crecimiento vegetativo de estos colectivos, con índices de natalidad superiores a los de los autóctonos.

Esta nueva inmigración de asentamiento sorprendió e incomodó a muchos países que habían deseado y deseaban que los extranjeros estuvieran en sus países sólo mientras fueran útiles e indispensables, y por tanto en permanente provisionalidad, en situación de paso.

Es significativa al respecto la manipulación del lenguaje en Alemania, donde se acuñó el término gastarbeiter, que significa "trabajador-invitado", porque se creía, o se quería creer, que su presencia era temporal. En la actualidad, y siempre buscando eufemismos al término auslander (extranjero) que es claramente despectivo en determinados contextos, se utiliza con mucha frecuencia, incluso en los documentos oficiales de las administraciones locales el de mitbürger "co-ciudadano", (más a menudo como ausländischer Mitbürger: co-ciudadano extranjero, con la satisfacción de quien cree haber hallado la solución -vía lingüística- del problema), expresivo por sí mismo de las resistencias a considerarlos ciudadanos de pleno derecho.


De "trabajador invitado" a "trabajador clandestino".

El fenómeno migratorio en los países del sur de Europa (Portugal, Grecia, y en mayor medida Italia y España) ha tenido características comunes y muy diferenciadas de las de la Europa noroccidental. Prácticamente hasta fines de los 70, la sangría de mano de obra que se ve obligada a emigrar, como ya hemos señalado, es constante.

Sólo entre los años 1950 y 1970 la Europa Meridional pierde aproximadamente el 6% de su población (7,3 millones de personas) en estos procesos de emigración. A partir de los 70 el proceso se estabiliza disminuyendo las emigraciones que se compensan prácticamente con los retornos.

La caída de las dictaduras en la Europa meridional, la disminución importante de sus tasas de natalidad, y de manera fundamental, su súbito y en ocasiones desordenado desarrollo, son factores que provocan un crecimiento económico, social y educativo significativo, especialmente en Italia y en España. Sin duda, y en opinión de diversos analistas, la incorporación en pocos años de la mujer al mercado del trabajo (en otros países europeos esta incorporación se hizo más pausadamente), ha ocasionado un descenso brusco de la natalidad y ha representado un factor de cambio importante en la estructura socioeconómica.

Coinciden estos cambios sociopolíticos y económicos en la Europa meridional, con el cierre de fronteras a la inmigración de la Europa más industrializada, cambiando por todo ello, a partir de los 80 de manera decidida, la tendencia migratoria de estos países, que empiezan a convertirse en países receptores de inmigrantes.

Este cambio de orientación sorprendió a estos países en los cuales el vacío jurídico específico se hizo evidente, ocasionándose importantes polémicas y conflictos ante el crecimiento de las cifras de inmigrantes en situación administrativa irregular. A partir de los años 80 este hecho adquiere tal trascendencia, especialmente en algunas regiones de España e Italia, que sus respectivos gobiernos se ven obligados a arbitrar medidas legislando normativas específicas.

Nótese que así como en los años 50 y 60 los países industrializados europeos "importan" trabajadores extranjeros de una forma bastante sistemática y organizada, lo cual se traduce tanto en convenios bilaterales con los países de origen, como en una "correcta" contratación de estos trabajadores por parte de los empresarios, en España e Italia esta entrada de trabajadores extranjeros es mucho más desordenada, caótica y "clandestina", lo cual hace que ya desde el primer momento en nuestro país no se dé tanto la figura del "gastarbeiter" como la del trabajador sumergido y marginal, muy a menudo en situación de ilegalidad administrativa y siempre con un estatus de gran precariedad, reforzada por la "ley de extranjería" más intolerante y menos solidaria de Europa.

A causa de estos males endémicos en las inmigraciones contemporáneas en los países del sur de Europa, cuando se han intentado copiar "estrategias europeas de los sesenta" para hacer frente a la inmigración (como en Italia antes de la ley Martelli o en España con los llamados "contingentes"), estas estrategias han fallado estrepitosamente, y han acabado convirtiéndose en amnistías o en procedimientos excepcionales de regularización, más o menos camuflados.

Por esto nos parece muy pertinente empezar preguntándonos seriamente cual es el estatus socio-laboral real, aquí y ahora, de los trabajadores extracomunitarios. ¿Son realmente "trabajadores invitados" (gastarbeiter)? En Alemania era el empresario quien los "invitaba", y por tanto era a él a quien correspondía procurarles un alojamiento digno, quien los "insertaba" laboralmente en su empresa y quien se ocupaba de su formación profesional. ¿Quien ha "invitado" a nuestros trabajadores extranjeros? Si ni siquiera son "trabajadores invitados" ¿cual es su estatus? Decía recientemente un líder asociativo senegalés: "En España los trabajadores extranjeros ni siquiera tienen derecho a no tener trabajo".

¿Es posible plantearnos como preparar e insertar laboralmente a estos inmigrantes cuando no tienen ninguna garantía de permanencia en nuestro país, a causa de las enormes dificultades de todo tipo que plantea la renovación (anual!) de sus documentos? ¿Qué proyectos de futuro se pueden hacer en estas condiciones? Si sabemos que va a ser imposible a medio plazo hacer aflorar la economía y el empleo sumergido ¿por qué penalizar por ello a los trabajadores que ya son los primeros perjudicados por esta situación?.

A esta inestabilidad y este estatuto precario se añade la baja cualificación de los trabajos que realizan los que consiguen contratos normalizados, independientemente de su formación. No son excepcionales los licenciados universitarios que realizan trabajos estacionales de recogida de hortalizas. Según el Colectivo IOE y refiriéndose al colectivo de marroquíes en Catalunya (pero podría hacerse extensivo este comentario a todo el colectivo inmigrante en España) "Se observa una fuerte polarización hacia el estrato más bajo. Sólo el 2% son profesionales... ...y solamente el 4,6% tiene permiso de comerciante o vendedor. Casi toda la fuerza de trabajo marroquí (el 93%) se concentra en los trabajos no cualificados de servicios (18%), la agricultura (23%) y especialmente la construcción, la industria y la minería (52%)" (pàg 117).


De "trabajador invitado" a "refugiado económico"

Como vemos, ha cambiado absolutamente en los últimos veinte o treinta años el perfil de los inmigrantes extracomunitarios en Europa, así como las características del trabajo que realizan y las condiciones en que lo hacen. Por eso fracasan continuamente las estrategias demodés de hacer frente a las dificultades que plantean.

Sería conveniente, creemos, empezar por abrir el discurso y los referentes cuando se analizan los fenómenos migratorios contemporáneos, y abandonar los discursos y las reflexiones endogámicas en exceso sobre la inmigración, hechas desde la inmigración y para la inmigración. Esta apertura del discurso que reclamamos debería permitirnos cumplir con aquella máxima que dice "Es preciso el pensamiento global para la actuación concreta, local" Los estudios especializados sobre las migraciones, los proyectos de soluciones, las propuestas de intervención, no suelen poner mucho énfasis en aspectos como los siguientes, que sólo enumeraré, puesto que no son objeto de este artículo, pero que creo influyen decisivamente sobre el presente y el futuro del fenómeno migratorio:

  1. La creciente mundialización de la economía y la priorización de la economía financiera frente a la economía productiva. Lo que se ha llamado la "desmaterialitzación" de las fábricas y el fraccionamiento de la organización productiva que hace que "se exporten" fragmentos de la cadena de fabricación a los países que más atractivos son para los intereses del capital (y que son precisamente muchos de ellos de los que provienen nuestros inmigrantes), con la consiguiente pérdida creciente del ya escaso control sobre los procesos de producción por parte de la clase obrera. En contraste con esta mundialización la domesticación creciente de los sindicatos (en el doble sentido de domésticos y domesticados) cada vez con planteamientos menos internacionalistas. La precarización del trabajo y las tasas increíbles de paro que padecemos, en parte a causa de la informatización y robotización de los procesos de producción...

  2. El llamado fin de la historia y la pérdida de modelos alternativos al modelo de sociedad capitalista de libre mercado con el reforzamiento de la competitividad y del darwinismo social, y por tanto la aceptación en la práctica de ciudadanos de distintas categorías. Los cambios importantísimos en el equilibrio político internacional. La emergencia con fuerza de los nacionalismos y los fundamentalismos excluyentes. Las crecientes dudas sobre la idoneidad de los actuales sistemas y mecanismos democráticos de delegación de la soberanía popular. La creciente intranquilidad ante lo que aparece como dependencia de los poderes e intereses políticos a los poderes e intereses económicos...

  3. La caída de los estados del bienestar, o mejor dicho: la confusión alienante entre bienestar y hedonismo inmediatista o despilfarro. La difusión mundial de consumismo a partir de la potencia alienadora de los medios audiovisuales que deslumbran a los habitantes de los países más pobres estimulando la emigración. La creciente catástrofe ecologista. La resaca de la postmodernidad y de sus aproximaciones éticas débiles a las relaciones humanas...

  4. El llamado nuevo orden mundial. La conciencia que nuestro modelo de desarrollo no sólo no es transferible a otros países a causa de la limitación de los recursos materiales disponibles, sino que es condición indispensable para mantener nuestro nivel de vida que siga bajo mínimos tres cuartas partes de la humanidad...


Todo ello afecta con una potencia todavía imprevisible a los discursos anteriores acerca de la relación entre dominantes y dominados, entre centro y periferia, especialmente por lo que se refiere a las relaciones entre países ricos y países pobres; las mismas relaciones interculturales; las relaciones entre inmigrantes y autóctonos; nacionales y extranjeros; los derechos de los que ya trabajan frente al derecho al trabajo de los que no lo tienen; el mismo concepto de ciudadanía y por tanto, también a los conceptos de inserción (o exclusión) laboral o social. En definitiva afecta a la toma de posición personal, individual y colectivamente, frente a la alternativa: integración versus exclusión, conscientes de que tomar partido por la integración supone hacer nuestra una parte de la pobreza de los demás, y que mantener nuestro nivel de vida o aumentarlo, supone mantener o aumentar la exclusión de los "no privilegiados" de la periferia social, local y mundial.

Y también por todo ello, y si comparamos los derechos laborales, las condiciones en que efectuó su emigración y realizó su trabajo un emigrante español en la Alemania de los años 60, con un emigrante senegalés en la España de los años 90, no nos parece una cuestión baladí preguntarnos si no nos estamos enfrentando, de hecho, más a un problema de refugiados y excluidos económicos que de "trabajadores invitados" extranjeros. Refugiados económicos que en su inmensa mayoría pasarían a engrosar las bolsas de marginación y exclusión nacionales si no fuera por que, encima, ni siquiera tienen reconocidos sus derechos mínimos de ciudadanía.


Esclavos, metecos y ciudadanos

Plantearnos la preparación y la inserción laboral de estos colectivos, a la vista de estos condicionantes sociales, económicos y políticos, del aquí y ahora, que acabamos de ver, adquiere unas características y una dimensión muy alejadas, a nuestro juicio, de los estándares de la formación profesional, o de la capacitación y cualificación técnicas, o del reciclaje de trabajadores.

¿Cuál es el problema real? ¿Su pretendida falta de preparación e inserción, o la negativa de la sociedad autóctona a aceptarlos como ciudadanos de pleno derecho? ¿No estamos dando de nuevo a los pobres y marginados la culpa de su propia pobreza y marginación? Casi cinco años después de un curso de formación profesional en albañilería a veinticuatro muchachos senegaleses y gambianos de la escuela "Samba Kubally" en la provincia de Girona, (curso que costó muchísimo en aquellos momentos organizar por problemas administrativos y que fue valorado como el más positivo que habían realizado sus monitores, tanto por el nivel alcanzado como por el interés de los alumnos) ni uno sólo de sus participantes que no trabajara previamente en la construcción, ni uno sólo, repetimos, ha encontrado todavía trabajo como albañil. El presidente de la asociación de senegaleses a que nos referíamos en páginas anteriores, a pesar de su diplomatura universitaria, trabaja 12 horas diarias, seis días a la semana, por 90.000 pesetas al mes en una granja de cerdos. El ex-presidente de una asociación cultural mixta catalano-marroquí, profesor de lengua y literatura árabe, debe trabajar en la limpieza diaria de una cadena de salas de cine... La enumeración sería interminable ya que desgraciadamente estas situaciones no son excepcionales. ¿Cuál es entonces el verdadero problema de preparación e inserción laboral?.

Teresa San Román nos lo señala con la agudeza que la caracteriza: La pura y simple utilización de los extranjeros pobres, está regulada por una demanda concreta y muy específica. Esto ya lo sabemos. Pero una buena parte de esta demanda se concreta en ámbitos de actividad que en unos momentos quedan vacantes porque la población mayoritaria, la ciudadanía, está colocada más arriba o más compensada por prestaciones sociales públicas... ...Por eso son sobre todo pobres los inmigrantes y por eso son competidores potenciales permanentes de los pobres nacionales. Y por eso son extranjeros, por eso no son ni serán, por lo menos muchos, ciudadanos. Porque la regulación de las compuertas de la marginación en el sistema social en el que vivimos exige una medida constante de entradas y salidas, cuotas y proporciones. Por eso resulta más rentable importar un pobre extranjero, pero ni uno más de los necesarios, a quien se podrá expulsar con facilidad si llega el caso...

Hay, por lo tanto, unas prioridades imposibles de obviar, si no queremos seguir confundiendo el deseo con la realidad. No es posible conseguir una inserción laboral positiva tanto para el individuo como para la sociedad (que aprovecharía así al máximo el potencial creativo y productivo de todos sus miembros), al margen, independientemente de una inserción social con plenitud de derechos cívicos y políticos efectivos y no sólo formales, sino reconocidos por el resto de ciudadanos, y que permitan realmente abandonar las áreas marginales de encapsulamiento, (por seguir utilizando terminología de la Dra. San Román). Afirmar que es previa la inserción laboral para acceder a una integración social es estar ciego ante los resultados evidentes de cuarenta años de inmigración (y exclusión) extracomunitaria en Europa.

Puedo imaginar determinados sectores racistas de la sociedad dispuestos a trabajar para consolidar una sociedad segmentada, compuesta por ciudadanos de pleno derecho por una parte, minorías marginadas nacionales con reconocimiento sólo teórico de sus derechos cívicos por otra, y metecos sin ningún derecho ni cívico ni político. Sólo en este contexto, ya imaginado por Huxley en su mundo feliz, y no tan alejado de nuestra realidad cotidiana, puedo concebir la defensa (interesada y perversa) de que también los excluidos pueden y deben hacer mejor su trabajo, independientemente de sus derechos cívicos. Desgraciadamente, algunas de nuestras intervenciones con los inmigrantes extranjeros extracomunitarios parecen haber caído en este juego alienante y alienado, que ya denunció Enzensberger, de, por ejemplo, alfabetizar, sólo para hacer consumidores más "eficientes" desde el punto de vista del vendedor...


Hacia un nuevo concepto de integración

Creemos, pues, que la mejor (si no la única) preparación e inserción laboral posible de los inmigrantes es aquella que forma parte indisoluble de un proyecto global de integración.

Sin ninguna duda, si debiéramos elegir una palabra capaz de sintetizar los objetivos últimos de cualquier intervención social con inmigrantes extracomunitarios, creo que todos nos pondríamos pronto de acuerdo en que esta palabra sería integración. Sin embargo, me temo que, paradójicamente, sería una de las palabras en las cuales sería más difícil ponernos de acuerdo sobre su significado, como viene demostrando la literatura, abundante ya, que sobre el tema se viene produciendo.

Integración nos aparece como una palabra camaleónica, capaz de adaptarse a todos los discursos, capaz de soportar en su interior significaciones contradictorias, utilizada y manipulada hasta la saciedad por todos: inmigrantes, educadores, trabajadores sociales, políticos..., incapaz de definir por todo ello un semantema concreto y preciso. Ello es así, hasta el punto de utilizarse como legitimación última de actitudes y políticas de intervención social diametralmente opuestas tanto en sus planteamientos, como en sus metodologías y resultados. Cuando nos hablan de integración las preguntas se imponen: ¿A qué tipo de integración se refieren? ¿Integrarse para qué? ¿En qué condiciones? ¿Con qué resultados? ¿Anhelada por quien?...

Sin embargo, y a pesar de su indefinición, sigue siendo un concepto emblemático y un objeto de deseo, acerca del cual somos mucho más capaces de decir y definir aquello que no es más que lo que realmente significa.

Si bien en nuestro país se suele contraponer la palabra integración a asimilación, lo cierto es que en los textos psicosociales francófonos, hemos visto usar estas palabras como sinónimos. Entre nosotros el término asimilación tiene contornos mucho más precisos que el de integración. Si un grupo mayoritario absorbe a uno minoritario de manera que éste último se confunde con el anterior, perdiendo su identidad específica, su lengua, sus hábitos alimentarios y de vestuario, sus valores básicos y distintivos, su religión incluso... llevando su proceso de aculturación hasta el máximo posible, no solemos decir que se ha producido una integración, o por lo menos no deberíamos decirlo. Cuando una identidad étnica se come a la otra, la devora, la fagocita, debemos usar también un término más propio de las funciones digestivas: lo asimila.

Por lo tanto, de ninguna manera debemos plantear el objetivo de la integración únicamente como la exigencia o facilitación de un "esfuerzo de adaptación" de los recién llegados a nuestro modelo de sociedad. Desde algunas instancias políticas y sociales sin embargo, éste parece ser el modelo de integración que se postula. Un modelo que, dicho cruda y llanamente, responde al deseo de obtener su sumisión y su docilidad a nuestras normas y costumbres por lo que se refiere a la vida pública, aceptándose en todo caso, y siempre como mal menor inevitable, que puedan mantener sus costumbres sólo en los ámbitos privados, llegándose en un exceso de generosidad a reconocer la necesidad de respetar, siempre y sólo en estos ámbitos privados, su cultura, sólo a nivel folklórico. No más.

Según nuestro criterio la única integración defendible, éticamente hablando sería la que proponemos denominar una integración libre y activa, es decir la que nace de la voluntad del sujeto de remodelar o adaptar algunas características de su identidad cultural según le parezca más oportuno y al ritmo que él decida, a partir del ejercicio de su inalienable libertad de aculturación. Estamos por tanto absolutamente en desacuerdo tanto con el asimilacionismo, con la fagocitación de las minorías por las mayorías, como con la integración pasiva, es decir la que padecería a su pesar el sujeto, obligado por presiones psico-socio-económicas externas y siempre impuestas por la fuerza, cuando no violentamente.

Altay y Ural Manço, en un artículo titulado precisamente "La integración: historia de una ideología" presentan esta definición del término integración: "La integración es una búsqueda de emancipación social, y una voluntad de participación conflictiva, efectiva e innovadora. Es gracias a esta participación solamente que una minoría inmigrada defensora de una autonomía puede tener éxito en su confrontación con una mayoría, sin tener que abandonar la originalidad que le es propia".

Coincidimos con la cita anterior matizándola un poco. Cuando dice que la integración es una búsqueda de emancipación social, y una voluntad de participación conflictiva, efectiva e innovadora, nosotros no creemos que a eso pueda llamársele propiamente integración, sino que esta búsqueda y esta voluntad son sólo el punto de partida, y además sólo desde el punto de vista del colectivo inmigrado. Pero para que verdaderamente se dé un proceso de integración se precisa también, según nuestro criterio, un punto de partida similar por lo que se refiere a la voluntad de participación conflictiva, efectiva e innovadora por parte del grupo cultural mayoritario, el cual, si no está dispuesto a compartir (el poder y el tener) la integración que postulamos deviene, en la práctica, imposible o muy adulterada.

Con demasiada frecuencia vemos utilizado el término integración como si fuera una tarea que debe realizar uno sólo de los dos (o más) grupos étnicos en conflicto. No depende solamente de la voluntad del grupo minoritario ni del esfuerzo o constancia de sus acciones el hecho de que se produzca su integración. Tampoco depende únicamente de la "permisividad" del grupo mayoritario, ni de los esfuerzos positivos de aproximación que haga para integrar al colectivo inmigrante, aunque ésta sea una condición sine qua non.

Como ya hemos señalado, no debemos confundir integración con sumisión. Con frecuencia se piensa que los centroafricanos se integran con más facilidad que los marroquíes, porque plantean menos conflictos que ellos. La integración no es tampoco un antónimo de conflicto. Más bien al contrario como ya insinuaba la definición de los hermanos Manço. La presencia de conflicto puede ser precisamente el indicador de un esfuerzo hacia una correcta integración, la búsqueda de un tiempo y un espacio de negociación intercultural, cívica y política. La integración por lo tanto, no supone una ausencia de conflictos, sino que su proceso exige el conflicto casi siempre, y por tanto contar con él y con su gestión debe formar parte de cualquier estrategia facilitadora de la integración.

Por lo tanto, nosotros creemos que la integración de dos grupos étnicos distintos es el fruto que lentamente va conquistándose a partir de una voluntad activa e inequívoca por las dos partes de resolver los inevitables conflictos que el choque intercultural social y político provoca, en el proceso de búsqueda y creación conjunta de espacios de solidaridad y de lucha contra toda forma de exclusión. La evitación de estos conflictos, la sumisión, o el dominio de un grupo sobre otro, no facilitará la integración.

Las sociedades y los modelos culturales o son dinámicos o están muertos. Por lo tanto, el objetivo básico de cualquier propuesta de intervención educativa o social frente a la exclusión, debe ser aceptar el reto de construir juntos nuestra sociedad de mañana. En la tarea que exige este reto, todas las "diversidades", de cualquier tipo, deben tener voz y voto, si pretendemos realmente enriquecernos mutuamente y respetar los más elementales derechos de la persona.

La integración de dos grupos étnicos no debe verse pues como un regalo, ni como un favor que uno hace al otro. Tampoco como el fruto de la admiración, la sumisión o el proteccionismo. La integración, que es una forma de liberación colectiva, no se pide, ni se ofrece ni se puede dar. Hay que ganarla día a día con el ejercicio por parte de todos de la solidaridad, con la lucha contra toda clase de exclusión y por una verdadera igualdad de oportunidades y de derechos cívicos y políticos.

Porque de la misma manera que mi libertad no empieza donde acaba la del otro sino que precisamente comienza donde y cuando comienza la del otro, también la integración es una tarea que nos implica a todos. No hay unos que tienen la tarea y la responsabilidad de "integrar", y otros que "deben ser integrados".

Porque mi bienestar y el tuyo, sólo deberían comenzar cuando un mínimo de bienestar fuera común.