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Saberes, experiencias y (des)aprendizajes entre mujeres.
Septiembre 1999

Educación de mujeres: significar la diferencia sexual

Remei Arnaus
Profesora de la Facultad de Pedagogía y Vicedirectora del Centre de Recerca de Dones DUODA de la Universitat de Barcelona


La educación de mujeres adultas hoy, encierra, para mí, algunas paradojas. La más importante es como a lo largo de 20 años de políticas de Igualdad de oportunidades de mujeres y hombres se han puesto en marcha planes, programas, recursos y prácticas para favorecer una educación para la emancipación de las mujeres sin que ello, se traduzca en más libertad femenina. Cuando hablo de libertad femenina hablo de algo, viejo y nuevo a la vez, que algunas mujeres percibimos diferente a lo que se suele entender como “emancipación de la mujer”. Para mí la idea de emancipación encierra una parte de trampa, que es la misma que percibo en la orientación educativa de la mayoría de programas para mujeres con esa finalidad. Pienso que la idea de emancipación nos remite a la lucha feminista por los derechos de la mujer, en los años sesenta, en la que se defendía la liberación de un rol social establecido por el patriarcado. Desde esta perspectiva muchas mujeres feministas iniciaron, por un lado, los estudios de género para dar cuenta de lo que (in)significaba ser mujer en una sociedad patriarcal; y por otro lado, la política de reivindicación de derechos para la igualdad entre mujeres y hombres. Quiero reconocer que para mí han sido importantes las reflexiones y análisis que las mujeres, desde los movimientos feministas para la igualdad entre los sexos, han aportado y me han ayudado a entender cual es la construcción social, construcción interesada del patriarcado, de lo que “significa” ser mujer. Pero no me basta, precisamente porque he entendido desde mi propia experiencia de madre, hija, profesora de universidad, amiga… y también desde las aportaciones del feminismo de la diferencia sexual que emancipación y libertad femenina es diferente.

¿Cúal es para mí la disyuntiva entre emancipación y libertad? Considerar que a las mujeres sólo nos constituye lo que se construye socialmente, y por tanto entender que si somos producto de una construcción podemos liberarnos de ella si luchamos por ello. Pensar que el problema de todos los males y discriminaciones es ser “género femenino” es, para mí, desvelar parte de la experiencia de las mujeres, pero no toda. Porque las mujeres no sólo somos uno de los dos géneros —parece que sólo haya uno, porque siempre se habla en singular—, sino también uno de los dos sexos.

La dicotomía entre género y sexo se puede rastrear históricamente. Con los estudios académicos del género y de la teoría feminista de los años 70 en el ámbito de la lengua inglesa se inició el camino de una ruptura: la distinción entre sexo y género. De este modo la palabra género desplazó a la de sexo, y así, los estudios sobre y de las mujeres se denominaron los estudios de género. Estudios que más pronto o más tarde, según la ideología de los gobiernos europeos, influyeron en las políticas educativas. Algunas feministas, hoy, han percibido esa ruptura, como por ejemplo, Ana Mañeru cuando afirma: “…hoy me resulta fácil entender que la palabra género más que desvelar realidad dificulta la comprensión del presente. Se ha producido un desplazamiento no inocente en el significado de este término, de forma que ha ido ocupando progresivamente el espacio de la palabra sexo, hasta llegar a sustituirla en muchas ocasiones en las que no toca sustituirla”.

Pienso y siento que al desplazar la palabra sexo se negó el significante que llevaba incorporado el cuerpo-sexuado, un cuerpo que nos habla del cruce de significados múltiples entre lo biológico- lo psicológico- lo social. Siento que la experiencia de vivir en un cuerpo sexuado, de mujer y de hombre, no es muda, ni puede enmudecerse, porque expresa sentido, sentimiento, conocimiento, deseos y palabras propias y éstas deben ser, a mi modo de ver, escuchadas, no ahogadas ni negadas justificando que el cuerpo puede reducirse a categorías construidas socialmente. Para mí la perspectiva de género encubre una trampa, encubre la negación del cuerpo, del sexo y esto supone negar la diferencia sexual femenina y masculina, diferencia humana fundamental, diferencia original —nacemos mujer u hombre— y que, a mi modo de ver, no puede ser identificada con cualquier otra diferencia de la diversidad de experiencias humanas -raza, clase social, religión, etc.-. Mi diferencia sexual, mi ser mujer, me abre a una experiencia y por tanto a un saber y a un conocimiento, propio de las mujeres, derivado de la posibilidad constitutiva de ser dos, es decir: de engendrar, cuidar, respetar y sustentar la vida. Un saber y conocimiento sobre la vida negados, invisibilizados -no nombrados- y en muchos casos usurpados por los hombres. Y por eso entiendo que no puede haber libertad femenina sin sujeto, sin un ser que no signifique su diferencia sexual, sin un ser sin deseo de nombrar en femenino el mundo y su estar en él.

Desde el horizonte de la diferencia sexual puedo ver más y mejor lo que significa mi ser mujer porque esta mirada me señala lo que existe por sí mismo, lo vivo, lo real, y esto es necesario e importante porque desde la perspectiva de género sólo se percibe ser mujer de manera reducida —se mira lo que falta y lo que sobra—, pero no dando significado a lo que también late y vibra con vida propia. Y lo que late de manera propia es lo que muchas veces se resiste a la homologación con los patrones masculinos. Hablo de una forma de ser y estar en el mundo que se nos revela cotidianamente una y otra vez diferente al ser y estar de los hombres y no sabemos verlo, o lo insignificamos o lo minusvaloramos. Hablo de los saberes y conocimientos que siempre las mujeres en todos los tiempos y en todas las comunidades han aportado: un saber hacer amplio y abierto que descubre una manera de estar en el mundo, un hacer civilizador, y por tanto educativo, puesto que crean vida, dan palabra y dan cultura. Una cultura marcada, necesariamente, por el vínculo de la relación, un vínculo que tiene su origen, en el momento mismo en que se origina la vida, en la primera experiencia de relación que tenemos cuando nacemos niña o niño, el primer intercambio materno-filial.

Hablo de una cultura que no tiene precio y que no esta sujeta a las leyes del mercado y no lo está, tampoco, a las dicotomías y antinomias del pensamiento masculino dominante que se revela una y otra vez simplista, uniformizador, competitivo… Hablo de una cultura, por tanto, que va de la experiencia a la palabra, del dentro al fuera, del cuerpo al pensamiento, de la inteligencia a la emoción, de la razón a la vida y también al revés. Hablo, pues, de un saber no homologable, un saber femenino que se transmite de mujer a mujer, y que es necesario nombrar para significarlo. Un saber hacer y estar que los hombres han recibido y reciben generosamente y, la mayoría, lo olvidan. Saberes que reconozco en mí y en las demás mujeres, sean alumnas, profesoras, madres o no, amigas. Pero a su vez, es una cultura femenina que no está simbolizada libremente porque no se nombra, no se reconoce como tal, porque la palabra reconocida socialmente, simbólicamente, no tiene voz propia en femenino. Y tampoco no deja reconocerse como tal porque el capitalismo es el aliado perfecto para que esa cultura que no tiene precio se disuelva. Así lo escribe Luisa Muraro con esas palabras: “La potencia del capitalismo, casi diria su vocación, es la de disolver todos los vínculos indiferentes u opuestos a la finalidad del lucro. La relación materna es uno de esos vínculos, el más potente, en realidad.. El capitalismo, ahora que el patriarcado ha terminado, no soporta -esta es mi hipótesis- ni la potencia ni la gratuidad de esta relación primaria, desconocida y, sin embargo, sabia -es ahí donde aprendemos a hablar-, intensa y no gobernable, que es la relación materna. No la soporta porque no es intercambiable más que por amor, no es monetarizable. Pues por ahí no pasa dinero sino amor y odio, los extremos de la vida. Y como el capitalismo está en pleno triunfo, tiende a destruir lo que no puede comprar”.

Tal es el malestar que están expresando muchos cuerpos y sentimientos femeninos, porque sus deseos no son decibles, porque su sentido del vivir es de otro orden que no tiene nombre. Y el sentido de libertad femenina también es de otro orden, porque hay una realidad más femenina que masculina que está fuera del orden de las cosas dadas. Me apoyo de nuevo en las palabras de Luisa Muraro para explicarlo: “Fuera del orden de este mundo está la libertad que se gana con la modificación de sí en el intercambio con lo otro de sí. Fuera pero no lejos; cerquísima, en realidad, de hecho te la encuentras de pronto más allá de ciertas negaciones, de ciertos bloqueos, de ciertas irritaciones, de ciertos silencios. libertad genuina, contingente, sorprendente…”.

Por ello, para mí es necesidad y deseo como mujer profesora, amiga, madre etc. no sustraer esa experiencia, esos saberes, esa cultura a mis alumnas en la universidad, a las madres, a las amigas y, en general, a la relación entre mujeres. Por eso yo he entendido que nombrar lo que es mi estar en el mundo sólo es posible si recupero esta mirada, esta cultura femenina que me devuelve a mi lugar; un lugar donde puedo unir mi razón y mi vida, mi decir y mi hacer. Un lugar donde puedo reconocer otros deseos femeninos y que afirmándolos también afirmo mi propio deseo.

Por ese convencimiento pienso que es insuficiente visibilizar y dar valor a las mujeres ilustres en la historia, en la música, en la política, en la economía, etc. porque es un reconocimiento dentro del orden establecido, ganada por una política de reivindicación de derechos; pero no me basta, porque no va acompañado de un reconocimiento real del “ser mujer por sí misma”, sino por hacer lo que los hombres han valorado socialmente. Por eso, ese orden dado masculino y capitalista sigue valorando, una invención del saber y del conocimiento ajeno al saber cotidiano pegado a la vida y a la palabra de quien la crea, y quizá por eso, el conocimiento masculino despegado del sentido de la vida ha diseñado formas cada vez más sofisticadas para matarla.

¿Qué implicaciones educativas nos plantea partir de la diferencia sexual?

Como se puede imaginar, no tengo la respuesta-receta a la medida de todas las mujeres, porque la respuesta sólo puede estar en manos de quien la busque, de quien se arrriesgue a interrogarse, a comprender más allá de lo dado, a re-conocer de nuevo algo que ya está en la experiencia viva y pueda desafiar al orden simbólico establecido. Yo voy descubriendo mi camino iluminado por esa nueva-vieja mirada y lo que encuentro es un sentido vital y profundo que sólo puede desplegarse en la práctica de relación con otras y otros; Una práctica de relación que engloba un sentido de afirmación de sí a través de la afirmación de otras y otros; Una práctica de la relación en que se deja lugar al saber que se sabe. Esta expresión está tomada del libro de Anna M. Piussi i Letizia Bianchi y la definen de esta forma: “saber que se sabe no implica una presunción de omnipotencia cognoscitiva, sino que traduce un salto de conocimiento: la toma de conciencia, todavia súbita, obtenida en la relación política entre mujeres; de la necesidad de disponer de una simbologia propia y de una mediación femenina para estar con sabiduría en la realidad… Se trata, pués, de la conciencia de un saber nacido de la práctica política de referencia con otras mujeres, y que se produce recurrentemente al interrogarse por el sentido de sí, por la acción propia y por el sentido del mundo”.

Para mí interrogarse por el sentido de sí, por la acción propia y por el sentido del mundo es una finalidad-necesidad en la educación de mujeres porque es una forma de hacer política de lo simbólico, una nueva manera de hacer política que incorpora el ser mujer por sí misma y no mediada por lo que otro orden simbólico, el masculino, ha decidido que fuera.
Eso significa que el proceso educativo lo entiendo como una práctica de relación que no niegue lo que llevamos cada una ni el deseo de llevarlo. M. Milagros Rivera me ha sugerido esta idea y me gustan las palabras que ha encontrado para contestarse la pregunta que sigue:"¿Qué es lo que traemos y llevamos las mujeres? En primer lugar, la palabra, la lengua que hablamos: esa lengua que se llama lengua materna y que, incivilmente, llaman ahora algunos primera lengua. ¿Cómo la hacemos arraigar en los sitios en los que nos quedamos? Dedicándole tiempo, dándole tiempo a la relación con otras y con otros; a la relación porque sí, por el gusto de estar en relación. Palabras y tiempo -dos elementos de lo más divino que hay en la criatura humana - son, pues, dos cosas clave que las mujeres llevamos con nosotras y dejamos en los lugares en los que arraigamos: transformándolos radicalmente cuando esos dos dones divinos son acogidos por la gente del sitio, por la gente nativa del lugar de llegada". Estas ideas me hacen pensar que el espacio educativo sea un lugar de acogida de esa habla, de esa cultura que llevamos y traemos las mujeres. Pienso en mis propias clases en la universidad y cómo voy tejiendo un proceso educativo que sea fiel a una experiencia de relación -sentida y vivida desde que nacemos-; una fidelidad a saberes y a conocimientos que tengo como mujer y que reconozco a las mujeres porque son mujeres; una fidelidad que me conduce de mí a las otras y a su vez de las otras a mí; una fidelidad que me autoriza a decir el mundo, a decir el sentido de mi existencia en el mundo. Hablo de una fidelidad que necesita de las otras para hacerse visible, del reconocimiento de las otras y a las otras mujeres que se piensan y actúan fieles a sí. Es desde ese reconocimiento desde donde he comprendido el sentido de la mediación femenina; mediación necesaria para crear y reconocer orden simbólico. Un orden simbólico que no deja al margen el orden simbólico de la madre creadora de vida, de la mujer real -madre o no, pero siempre hija- que su cuerpo le señala la capacidad creadora de mundo, y por tanto capacidad para crear las palabras para decir el mundo entero.

Pensar una educación desde la diferencia sexual es crear una nueva relación de amor con el saber, con el saber que está relacionado con el deseo, con la vida real, y por tanto con quien desea -porque el deseo sólo puede existir encarnado-. Por eso rechazo la relación de poder en la educación porque no tiene sentido para mi mediación educativa y sí en cambio la autoridad que no se asimila al poder. La autoridad femenina, —porque yo ahora sólo puedo hablar de ella marcada en femenino—, me está mostrando el camino de ser más fiel a mí misma. Yo deseaba que las alumnas y los alumnos en la universidad descubrieran su deseo de aprender, de decir… Pero el deseo no cabe en una estructura de poder porque lo ahoga, como ahoga el pensamiento vivo, como ahoga la pregunta, como ahoga el decir en primera persona la experiencia femenina y la experiencia masculina personal e irreductible… Necesitaba otra medida de relación y ésa me la está dando la autoridad. Hablo de la autoridad que abre espacios de libertad, que abre espacios de relación; de una relación que posibilita la mirada al propio deseo, la mirada al propio mirar… Una autoridad que se basa en el cuidado y la confianza para que quienes estemos en el aula podamos descubrirnos no como objetos sino como seres agentes de saber, de palabra, de cuerpo y por tanto agentes de deseo. Esta idea sobre la autoridad relacional en la educación también la encuentro reflejada en las palabras de Núria Pérez de Lara cuando explica: “Hablo de una autoridad basada en el deseo de ser y no en el deseo de tener; es decir, basada en ser autoras y autores de nuestras prácticas en las instituciones educativas y no exclusivamente basada en tener una función reproductora de prácticas dadas por los establecimientos educativos. En definitiva, se trata de una autoridad que sólo nos es dada en la medida en que nos convertimos en sujetos protagonistas de nuestra acción educativa, que consiste en despertar la capacidad de ser sujetos en nuestro alumnado” De lo que estoy hablando es de algo que en cada clase, en cada práctica de relación con las alumnas, me da ibertad de decir por mi misma el mundo y no siento la violencia simbólica de esconderme. Y así, a su vez, puedo ser un espejo para que ellas puedan decir y no sientan tampoco la violencia que supone esconderse. Sin embargo, en este proceso, me he dado cuenta de cómo la violencia simbólica ha impregnado tanto nuestras vidas, nuestros cuerpos y nuestro estar en en el mundo; porque ellas sienten, como yo también he sentido, malestar, incomodidad, dolor, incluso rabia, en el proceso de destaparse, de decirse porque les anuncia que hay otras maneras de estar en el mundo, otras maneras de entender y vivir la relación educativa; otras maneras de relación olvidadas como se ha olvidado la cultura femenina original que nos enseña la madre.

Decirse, descubrirse para mí es poner en el centro de la clase mis saberes, mi experiencia de alumna, de profesora, de madre, de hija, no como rol sino rescatando aquel saber que se sabe, que he dicho antes, de ser madre, hija, profesora, alumna; rescatando los saberes que no roban nuestra autoridad porque voy aprendiendo a no delegarla sino a reconocérmela porque es la forma que sé ahora de posibilitar que las alumnas reconozcan sus saberes y los míos, también, sin necesidad de velarlos ni esconderlos. Por eso la experiencia de partir de sí es una medida para mi relación educativa. Anna M. Piussi explica que en el proceso educativo “se trata de dar dignidad científica, dignidad de saber a este registro que es partir de sí, integrándolo como forma de conocimiento y comunicación de una realidad más amplia, sin perderse lo que simboliza la experiencia ligada al contexto. Seleccionar los caminos emblemáticos, las escenas significativas; mostrar aquello esencial de la experiencia, es apostar por el sentido, es ejercitar “la autoridad”. A partir de valorar la experiencia propia y la de otras y otros es posible desprenderse de saberes preconstituidos y modelos preconcebidos desde el exterior. Anna M. Piussi afirma que las mujeres que han experimentado lo que significa partir de sí superan el sentimiento de inadecuación, o falta de autoestima y empiezan a tener la fuerza necesaria para hacerse sujetos pensantes respecto de su propia actuación y empiezan a interrogar y a juzgar desde una mirada propia las cuestiones relevantes de nuestro tiempo.

Por eso defiendo una educación de y para las mujeres donde no nos sintamos humilladas ni huerfanas porque se niegue nuestra palabra y nuestro saber; más bien pienso en un espacio educativo acogedor de lo que se muestra vivo y donde el deseo sea percibido y escuchado. Pienso en un lugar para vivir un tiempo significativo de relación que, como dice M. Milagros Rivera, es tiempo para estar abiertas a la posibilidad de los momentos de ser. Y también pienso en un lugar y en un tiempo donde se invite a vivir el amor al saber de la experiencia ya que tanto la relación como la experiencia de sí son la medida para interrogarnos sobre el mundo, y nuestro sentido de vivir el mundo. Desde ahí entiendo el sentido profundo de partir de sí, pero no un partir de sí, como dice Núria Pérez de Lara, tratando de encontrar la autenticidad inmaculada y verdadera de mi esencia, sino iniciar algo, o mejor aún, hacerse inicio. No expresarse, sino ponerse en juego en una realidad, haciéndola ser y, de este modo, haciéndose ser.

Este es el camino que yo misma estoy recorriendo, un camino que es la misma meta, un camino que no es más que estar en el camino, porque es el mismo estar lo que tiene sentido. Un sentido que me lleva a partir de mí al encuentro con otras y otros, al encuentro con el mundo, en este caso el mundo de la educación; un mundo que miro en femenino y por eso necesito la mediación femenina para estar en él como mujer; y si estoy en él con libertad femenina es cuando mi decir tiene autoridad. Y son estas pistas las que me están ayudando a ser más fiel a mí misma y al orden simbólico de la madre; porque la relación educativa, como yo la entiendo, forma parte de este orden que indica otro estar en el mundo, otro sentido de la vida. Otro estar y otro sentido que prefiero al orden patriarcal que rige, todavía, en las instituciones que ha creado como los centros educativos, la universidad, pero que para mi ha fenecido porque se olvida de quienes día día hacen de la educación un lugar de cultura y de palabra y no un lugar de mercado de intercambio de conocimientos por títulos.