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42&43
El proceso de globalización y su impacto educativo-cultural.
Octubre 2005

Globalizaciones alternativas: hacia un estudio crítico de la globalización.

Peter McLaren y Natalia E. Jaramillo.

Nota: Dedicado a Rachel Corrie.

Neoliberalismo, globalización capitalista y la crisis de la izquierda educativa

El principal antagonismo del momento histórico actual es lo que hoy por hoy podríamos denominar sin duda como el imperio. Está caracterizado por aquellos que equiparen la paz y la libertad globales con el evangelio del libre comercio del neoliberalismo. También está marcado por aquellos que , saliendo a las calles de Seattle, Quebec, Gènova, Praga y otras ciudades, ponen de manifiesto la convicción desafiante de que es posible otro mundo fuera de les barreras exasperantes del capitalismo globalizado. Como fundamentalismo de mercado, desencadena un ataque virulento bajo los auspicios del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el consenso de Washington, y como que él mismo se atorga el estatus sacerdotal necesario para adivinar el futuro de la dignidad, la prosperidad y la democracia humana, la élite gobernante transnacional se puede permitir un rito de paso para despojar la tierra de sus recursos naturales, al mismo tiempo que acosa a la clase obrera, las mujeres , los niños y la gente de color. Las extensas incursiones de la «democracia», edificada sobre los antiguos y seculares pilares del imperialismo, la conquista, y la desvalorización y domesticación del «otro», demuestran que el terreno en el que se cultiva la democracia es la montaña de excrementos del proceso de valorización del capitalismo. A lo largo del mundo vivo global (o quizás tendríamos que decir «del mundo exánime viviente»), la mano de obra de los grupos oprimidos está acabando subsumida bajo una forma abstracta de valor y cálculo, que los reduce a instrumentos no humanos del proceso de acumulación de capital. La condición futura de la humanidad se ve constantemente amenazada por el Tratado de Libre Comercio de América (TLC), que trata de expandir el «círculo de oportunidades» construyendo sobre la capacidad de inserirse en cualquiera de los mercados todavía regulados a lo largo del planeta, con o sin consentimiento. El proyecto piloto del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) es el Plan Puebla de Panamá, la creación de una zona maquiladora gigante que comprende desde el estado de Puebla a América del Sur hasta toda a América Central, que equivale a un área de 60 millones de personas –básicamente una hiperextensión del TLC. Como advierte Tom Hayden, «resituar al sur de México la industria maquiladora inmersa en la crisis, donde los salarios son la mitad de los de la frontera con los EUA, es un intento desesperado de evitar la hemorragia de trabajos a la China, donde las hábiles manos chinas' cosen por 40 céntimos la hora, una sexta parte del salario Mexicano» (2003, p. 20).

A pesar de esto, todavía no se han pintado los últimos colores de la paleta de Washington en esta geografía turbulenta. Después de enfrentarse a toda una serie de rigurosos cambios en las políticas desde el 11 de septiembre (como por ejemplo la proliferación de armas nucleares, la Doctrina de guerra preventiva de la administración de Bush, la ley de patriotismo de los EE.UU., la ley de seguridad nacional, y un cambio en las políticas económicas y financieras keynesianas del estado hacia otras neoliberales y friedmanistas), los activistas educativos en cualquier parte del globo rechazan mordazmente creer que así es cómo tienen que ser las cosas, que nuestro futuro colectivo es inevitable, que nuestro destino como ciudadanos globales ya está prescrito para abocarnos a una destrucción apocalíptica del planeta.

Incluso la izquierda educativa (estamos hablando sobretodo de educadores que trabajan según la tradición liberal) de cualquier parte de los EE.UU. ha sido, en la mayoría de los casos, demasiado rápida a la hora de descartar la posibilidad de esta nueva realidad imperial. A menudo se considera a la globalización como un proceso inevitable, una consecuencia darwiniana la evolución tecnológica de la especie humana que presume de un potencial hasta ahora por descubrir. Contemplando el futuro con una ráfaga tenue de euforia consumista, la izquierda educativa fracasa sobretodo en no reconocer un cambio de época en la historia, acelerado por la transnacionalismo de la producción. Mientras que casi la mitad de la población mundial subsiste con menos de dos dólares al día, y mientras que muchos niños de cualquier parte del globo son sometidos a condiciones de vida infrahumanas como resultado de la pobreza creciente, la degradación económica, y la urbanización a través de la fertilización transnacional de las economías de mercado neoliberales, los educadores progresistas tienen en el punto de mira la mejora de las oportunidades y los productos educativos de millones de personas de todo el planeta. En este capítulo, trataremos de animar a la izquierda educativa a mirar más allá de los tratos comerciales postmodernos de Occidente, donde éste hace negocios con Oriente gracias a salas de chat online diseñadas para producir un sujeto «híbrido» de la historia, y comenzar la tarea de forjar un análisis histórico y materialista de los procesos de globalización, del neoliberalismo y del imperialismo, como medida necesaria para crear una alianza transnacional antiglobalización.

Según Robinson y Harris, la globalización neoliberal está homogeneizando el mundo bajo un único modo de producción, y provoca la integración orgánica de diferentes países y regiones dentro de una sola economía global, mediante la lógica de la acumulación del capital a escala mundial (Robinson y Harris: 2000). Mientras que antes la economía mundial estaba compuesta por el desarrollo de las economías nacionales y los circuitos de acumulación vinculados unos con otros, a través del comercio de mercancías y el flujo de capital en un mercado internacional integrado, a la vez que los estados mediaban dentro de los límites entre modos de producción articulados de diferente forma, hoy en día los sistemas de producción nacional se han reorganizado y funcionalmente integrado en circuitos globales, creando un campo único e indiferenciable de capitalismo mundial. La transnacionalización de la producción de materias y servicios ha llevado a la formación de una clase global, que ha supuesto la división acelerada del mundo en una burguesía y un proletariado globales –proletariado que se ha duplicado durante los últimos treinta años, mientras que las acciones de un centenar de las mayores corporaciones multinacionales han crecido en un 697 por ciento. La diáspora de multinacionales ha comportado una disminución de las barreras espaciales, permitiendo no bien las empresas ejerzan un poder mayor sobre los estados-nación mientras ellos se pelean por atraer inversores. En este punto, vale la pena citar Harvey:

«La reducción, de barreras espaciales tiene un efecto contrario igual de poderoso; las diferencias a pequeña escala y minuciosamente clasificadas entre las calidades de los puestos de trabajo (su provisión laboral, las infraestructuras y la receptividad política, la mezcla de recursos, los puntos neurálgicos al mercado, etc.) acontecen incluso más importantes, porque el capital multinacional se encuentra en una posición más favorable para explotarlos. De igual manera, los puestos de trabajo se preocupan cada vez más por el ‘buen clima de trabajo' y la competitividad ínter laboral, por lo cual el desarrollo se ajusta mucho más» (Harvey, 1996: 246-247).
El capital, en otras palabras, ha sido liberado de barreras espaciales a la vez que los países compiten para cultivar en los terrenos más fértiles de la transnacionalitzación de la producción. Decenas de millones extraídos de tierras lejanas y poblaciones rurales se han destinado a exportar zonas de procesamiento –regiones caracterizadas por una forma de trabajar relajada y leyes medioambientales, como último llamamiento para estimular la economía (Finnegan, 2003: 47). El llamado mundo desarrollado ha llegado a la conclusión rudimentaria de que la inversión tiene una vida corta y la competencia reina por todas partes. Cuando la élite gobernante transnacional sea capaz de hacerse cargo de una zona más provechosa en el mapa de la inversión global, las fábricas cerrarán, y en la región antes favorecida no quedará nada más que vestigios de decadencia malbaratadora y población desorientada buscando oportunidades laborales viables.

Las empresas transnacionales y las instituciones financieras privadas –miembros de la Gold Card , tarjeta de crédito de la burguesía mundial más destacada- han formado lo que Robinson i Harris (2000) denominan «clan capitalista transnacional». En estos momentos, la élite transnacional es capaz de situar la democracia en el lugar de la dictadura (lo que s ha denominado estado neoliberal), con objeto de desarrollar en el ámbito del estado-nación las funciones siguientes: adoptar políticas fiscales y monetarias que garanticen la estabilidad macroeconómica; proporcionar las infraestructuras necesarias para los flujos y los circuitos capitalistas globales; y asegurar a la élite compradora transnacional el control financiero, a medida que el estado-nación se desplaza de manera cada vez más sólida hacia el terreno del neoliberalismo, a la vez que mantiene la ilusión de los «intereses nacionales» y la preocupación por la «competencia extranjera». Como articula Arundhati Roy de forma contundente:

«A medida que crece la disparidad entre ricos y pobres, la lucha por monopolizar recursos se intensifica. Para abrirse paso con ‘tratos amistosos', para corporativizar los cultivos que plantamos, el agua que bebemos, el aire que respiramos, y los sueños que soñamos, la globalización empresarial necesita que una confederación internacional de gobiernos leales, corruptos y autoritarios de los países pobres tire adelante con reformas impopulares, y sofoque a los amotinados» (Roy, 2003: 106).

Cuando analiza la noción de globalización que trasciende el sistema de estado-nación, Robinson (1996; 2000; 2001-2002) reconceptualiza de manera acertada la concepción dominante weberiana de estado, con una problemática marxista como la institucionalización de las relaciones de clase, alrededor de una configuración particular de la producción social, en la cual economía y política se conciben como momentos distintos de un mismo todo. En este caso, la relación entre la economía y los estados es interna. No existe ningún elemento en este planteamiento que una el estado al territorio o a los estados nación. Mientras que es cierto que, si lo entendemos en términos de estado-nación global, todavía existen países que son muy pobres y otros que son muy ricos, también es cierto que la miseria y la marginación crecen en los denominados países del primer mundo, a la vez que el tercer mundo presenta un nuevo estrato de consumidores en expansión. L'aristocracia obrera está extendiéndose a otros países, en los cuales núcleo y periferia ya no denotan tanto geografía como posición social. El aparato estatal transnacional que opera a través del cuadro supranacional de foros económicos y políticos que incluye al Banco Mundial, a la Organización Mundial de Comercio, y a la Comisión Trilateral, ha forjado el que se conoce como «bloque hegemónico global». Desde luego, todavía existe una lucha entre las fracciones nacionales descendentes de los grupos dominantes y las fracciones transnacionales ascendentes. Las prácticas de una nueva clase gobernante global se están condensando en una hegemonía emergente de burguesía también global, y en un nuevo bloque histórico, capitalista y global. Esto no significa que la competencia y los conflictos hayan acabado o que exista una unidad real dentro de la nueva clase capitalista transnacional. La lógica contradictoria de medios de producción homogeneizadores genera el efecto contrario de fragmentación geopolítica (Harvey, 1996). La competencia entre bandos opuestos todavía es feroz, y los EE.UU. juegan un papel de liderazgo en representación de la élite transnacional, con la promesa de ampliar el «círculo de oportunidades» delimitado por el fundamentalismo de mercado, a la vez que defiende los intereses del bloque hegemónico global que nace.

La lógica brutal del bloque global no ha estado exenta de respuestas. Las manifestaciones de Seattle y de Oporto Alegre resuenan en el recuerdo como momentos de lucha y desafío contra la élite gobernante. Las agrupaciones obreras y medioambientales han estado presentes entre los opositores a la globalización más prolíficos. Mientras que es esencial combatir la violación inicua de nuestro medio ambiente y nuestra ciudadanía, tenemos que prestar atención al impacto de la globalización en la educación. La crisis ideológica del neoliberalismo no tiene parámetros fijos. A la educación, que históricamente ha sido considerada como un servicio público gestionado por el estado, están eviscerándole las raíces, por tirarla al pozo del deceso empresarial. William Tabb (2001) considera como modelos neoliberales de educación los siguientes:

«Existen tres elementos relacionados con el modelo neoliberal de enseñanza: hacer que los servicios educativos sean más rentables comodificando el producto; comprobar los resultados mediante la estandarización de la experiencia, de forma que permita una prueba de opción múltiple; y centrarse en técnicas comerciales.»

A medida que la transnacionalización de la producción toma fuerza en cualquier parte del globo, los llamados países del tercer mundo se encuentran limitados por la lógica contradictoria de apoyar los «intereses nacionales» a través de la enseñanza, a la vez que se someten a los intereses «extranjeros» de la élite transnacional. Bajo el mantra de «economías del conocimiento», el Banco Mundial está asegurando regímenes de pruebas que recuerdan a los sistemas contables de los EE.UU. en Brasil, mientras que Jordania lleva a término una reforma a través de portales de aprendizaje en línea, y las jóvenes del Pacífico Oriental reciben «iguales» oportunidades educativas gracias a convenios entre escuelas públicas y privadas. De hecho, el Banco Mundial se ha convertido en la mayor financiera externa de educación, con proyectos docentes «liberadores» en todos y cada uno de los continentes excepto en Norteamérica y Australia. La Agencia de Desarrollo Internacional de los EE.UU. (USAID) viene a continuación del Banco Mundial, apoyando económicamente proyectos educativos por todo el planeta. Con programas que actualmente se desarrollan en Egipto, el Líbano, Irak, Afganistán, Guatemala, Marruecos, Perú y Zambia, las empresas que reciben financiación de la USAD están rehaciendo los planes curriculares nacionales y construyendo zonas económicas de «atribución de poderes». Como educadores críticos nos tendríamos que hacer la pregunta siguiente: ¿quién se beneficiará al aumentar la privatización? ¿Con qué finalidad? ¿Dónde podemos encontrar el ánimo y las oportunidades de desarrollar estudios críticos sobre globalización en las escuelas docentes? Si se observan estas iniciativas que los EE.UU. controlan fuera del contexto de la globalización de la producción como fenómenos separados y diferenciados, estamos negando la relación entre capital y educación. Las negociaciones del Tratado de Libre Comercio reclaman la desregularización del sector de la enseñanza, a través de la eliminación de leyes que limitan la propiedad extranjera de las instituciones educativas privadas, la erradicación de pesados requisitos de visado considerados como obstáculos para el comercio, y un mercado global de servicios de evaluación educativa (planteados por los EE.UU.). El sector privado se encuentra inmerso en sistemas educativos primarios, secundarios y terciarios, gestionados por el estado, que parecen enanos después de que la China haya asociado sus instituciones de tercer ciclo, bajo gobierno central, con el sector privado, y movimientos similares que están teniendo lugar en cualquier parte del globo. Oculta detrás de las nociones de igualdad y accesibilidad, la producción de conocimiento está estrechamente vinculada a la producción de capital. El que estamos presenciando, sin embargo, tiene poco a ver con la democracia.

Hoy en día, la mayoría de los países destacan al capital como la llave para la supervivencia de la democracia. Las fábricas de sueños capitalistas no sólo son salas de comité de empresa y estudios de producción de redes mediáticas, que trabajan conjuntamente para mantener viva la ilusión capitalista, sino que son el espíritu de resignación de las masas que impide que la mayor parte de la población se dé cuenta de que el capitalismo y la explotación son equivalentes funcionales, que la globalización del capital sólo es otro nombre del que Lenin (1951) denominaba imperialismo. El imperialismo estadounidense -el que Tariq Ali (2002: 281) denomina «la madre de todos los fundamentalismos»- se ha desmarcado de su postura de keynesiana de pseudoliberalismo , para abrazar plenamente un neoliberalismo fanático.

Según Samir Amin (2001), la era actual de imperialismo viene firmada por una justificación de cualquier agresión militar que sea útil a los EE.UU., y por la busca de mercados internacionales y la oportunidad sin impedimentos de saquear los recursos naturales de la Tierra. Supone la sobreexplotación de reservas de trabajo de las naciones periféricas, y está caracterizada por la sensación de «convergencia» de la democracia (gestión moderna de la vida política) y por el mercado (gestión capitalista de la actividad económica). Amin afirma que la democracia y el mercado son divergentes, pero que esta disyunción desaparece progresivamente a medida que la primera continúa siendo vaciada de todo contenido peligroso para el funcionamiento normal del mercado.

El colapso de la Unión Soviética ha abierto las compuertas políticas del imperialismo estadounidense, permitiendo que los EE.UU. sigan un programa prácticamente incuestionable de «arrogancia y brutalidad». Estados Unidos ya no está enfrentada a una superpotencia contraria que impone restricciones al sueño nacional: la dominación global. La Estrategia de Seguridad Nacional de la administración de Bush o los EE.UU. han dejado claro que no permitirán que ninguna superpotencia rival renazca de las cenizas del Viejo Orden Mundial, y es sobre esta premisa dónde la doctrina de guerra preventiva se declaró: Estados Unidos actuará en cualquier amenaza antes de que ésta exista realmente. Cuando escribe sobre el papel de los EE.UU. en la política mundial, Parenti (2003) apunta que «No existe ningún estado comunista o nación ‘en la lista negra' que tenga un historial tan horrible de agresiones militares contra otros países en las últimas dos décadas».

La economía política internacional de hoy en día es aquello que realmente aclama la clase gobernante global, y la burguesía la considera como la mayor oportunidad durante décadas para engrosar las filas. Los partidarios de la economía de libre comercio han recibido el visto bueno del Nuevo Orden Mundial para saquear y explotar los recursos del planeta, e invertir en mercados globales sin restricción y con impunidad absoluta. La concomitancia amenazadora del gigante destructivo del capital es la obliteración de cualquier esperanza de civilización, por no decir de democracia. Mientras los liberales optan por una distribución más justa de los recursos económicos, se enseña a a clase obrera a sentirse agradecida por los maquiladores que ahora se implantan en países escogidos para proporcionar mano de obra barata, y vertederos para la contaminación de las democracias occidentales. Se les enseña que el socialismo y el comunismo son malos de forma congénita, y que sólo pueden conducir a una dictadura totalitaria. En pocas palabras, el capitalismo y la legitimidad de la propiedad o monopolio privado han sido nacionalizados como sentido común.

Y ahora no es únicamente que los capitalistas crean que son la salvación de los pobres en el mundo, sino que los trabajadores mismos se han visto condicionados a pensar que sin sus explotadores, ellos no existirían. Las entrañas evisceradas de los pobres sirven ahora de mecanismo vaticinador para los adivinos de las emprendidas inversoras. Incluso muchos sindicatos han sido poco más que apéndices del estado, reimplantando la disciplina de la ley de valor del capital. Quienes desean evitar tanto la planificación centralizada de cariz comunista, como el desequilibrio y la inestabilidad del laissez-faire del capitalismo, se han decantado por un tipo de socialismo de mercado caracterizado por compañías dirigidas por los trabajadores, pero que no han hecho demasiado por cuestionar la gramática profunda del capital en sí mismo.

Nos damos cuenta de que el capitalismo no es una cosa que pueda fijarse, o humanizarse, dado que precisamente su valor viene determinado por la explotación de la mano de obra humana. Nos encontramos, en cierto modo, atados al palo como Ulises, mientras las sirenas del consumo nos gritan a un paraíso de tontos. En consecuencia, los educadores críticos necesitan plantear sus preguntas correspondientes, liberales y progresistas, como por ejemplo: ¿Serán capaces los reformistas liberales –incluso disidentes incondicionales del Banco Mundial como Jeff Sachs, George Soros y el exvicepresidente, economista asesor del Banco Mundial y ganador del premio Nobel Joseph Stiglitz(2002)- de reconstruir y redireccionar el sistema financiero capitalista, en beneficio de los más pobres y desfavorecidos? ¿Pueden evitar que la racionalidad del capital financiero –que está más interesada en el beneficio a corto plazo que en invertir en capital fijo y tecnologías a largo plazo- predomine sobre lo que es en verdad racional desde la perspectiva de la sociedad como un todo? ¿Pueden impedir el sufrimiento de los trabajadores debido al desmantelamiento de las barreras comerciales proteccionistas? ¿Pueden evitar que la privatización derive en oligopolios y monopolios? ¿Pueden ofrecer protección adecuada contra las tragedias humanas que subsiguen a los recortes económicos? ¿Pueden parar el caos proveniente de las entradas y salidas de capital? ¿Pueden impedir que el FMI pague a inversores internacionales y élites concesionarias la oportunidad de proteger su activo financiero con la huida masiva de capital, mientras sitúan la carga de devolver los préstamos, en términos de Tony Smith, «sobre el grupo que menos se beneficia realmente, los hombres y las mujeres obreros»? ¿Tienen la capacidad de impedir que los gàngsters capitalistas de Rusia, por ejemplo, se hagan con la mayor parte del activo privatizado y de los recursos naturales del país? ¿Pueden hacer que las agencias multilaterales no promuevan los intereses particulares de los EE.UU.? ¿Pueden parar los recientes racismos provocados por el mismo estado, derivados del despertar del nuevo nacionalismo guerrero y falomilitar estadounidense, el cual representa hoy por hoy el contrapeso ideológico que sustenta las prácticas de acumulación primitiva vía bombardeos masivos sobre Irak? ¿Pueden trascender la creación de subjetividades políticas plutocráticas desde arriba, para poder combatir el desarrollo desigual de epidemias como el sida o la SARS, con las mismas oportunidades de vida? ¿Pueden invertir el daño causado a los más pobres, como resultado de una liberación del mercado financiero acompañado de unos elevados tipos de interés? ¿Pueden poner fin a la expansión y al estallido de burbujas especulativas? ¿Es posible que la correlación de fuerzas de las relaciones laborales entre capital y salario cambie a favor de los trabajadores? ¿Es posible cuestionar la dinámica fundamental de las relaciones de propiedad capitalistas? Preguntas como estas profundizan en las raíces mismas del sistema capitalista.

esde la perspectiva de nuestro análisis, si respondiésemos con honestidad tendríamos que hacerlo con un «no» contundente. Por regla general, los reformistas capitalistas liberales no aciertan a entender «que el dinero es la forma alienígena física del trabajo abstracto», y rechazan cuestionar el fetiche monetario como un tropo maestro de las relaciones sociales capitalistas (Smith, 2002). Evidentemente, todo esfuerzo de reforma liberal dirigido a hacer que el capitalismo global sea más «humano» es bienvenido –como por ejemplo la condonación de deudas y un programa comercial más equilibrado, leyes adecuadas que hagan respetar la competencia, la creación de redes de seguridad adecuadas y de programas de fomento del trabajo, desembolsos estatales que estimulen la economía, estructuras reguladoras apropiadas de liberación del comercio, poner a disposición de los países préstamos que les permitan adquirir seguros contra las fluctuaciones de los mercados de capital internacionales, recortes de los paquetes de rescate económico del FMI, comisiones de seguimiento gubernamentales que garanticen un uso no abusivo de competencias, restricciones en los créditos hipotecarios especulativos-, pero todavía tenemos el caso en el último ejemplo de que no pueden prevenir que el desastre financiero afecte a los países en vías de desarrollo, o a los pobres en general, porque estos problemas son inherentes al sistema de propiedad y a las relaciones productivas que constituyen las verdaderas entrañas del sistema capitalista (Smith, 2002).

Los educadores críticos y el reto del estado de guerra global

Hoy en día, los educadores críticos luchan con firmeza parra defender la esfera pública de su integración en las prácticas neoliberales e imperialistas del estado y el monstruo del capitalismo globalizado. Mientras que nadie habla de hacerse cargo del estado en aras de los trabajadores que luchan contra las petroleras de Washington, existen indicios prometedores de que los movimientos sociales en los Estados Unidos se volverán más activos a partir de ahora. Con halcones de la administración como el secretario de Defensa Donald Rumfeld, el vicepresidente Dick Cheney, el vicesecretario de Defensa Paul Wolfowitz , el subsecretario de Estado John Bolton, y el miembro del Consejo de Política de Defensa Richard Perle, los cuales dirigen la furiosa carga de la Casa Blanca de la «guerra preventiva», es evidente que su lealtad al Proyecto imperialista del Nuevo Siglo Americano está alimentada por el triunfalismo estadounidense, la consolidación y el dominio político unipolar , y la conquista de nuevos mercados. La bacanal de patriotismo que ha ultrapasado pueblos y ciudades en cualquier parte del país, ha cegado a los ciudadanos norteamericanos delante de los miles de civiles inocentes asesinados en la «liberación» de Irak. El lema con gotas rojas y negras de los pósteres antibelicosos que dice « No blood for oil » (No al derramamiento de sangre a cambio de petróleo) ha crecido en importancia desde la invasión militar de Irak por parte de los EE.UU. Según estos carteles, la OPEP reside fuera del ámbito del control absoluto de los Estados Unidos. La total influencia de este país sobre las vastas reservas de petróleo sin explotar cambiaría, de manera comprobada, la identificación de competencias. La oposición iraquí al saqueo estadounidense de su país bajo la premisa de «libre comercio», fue un factor fundamental porque la administración de Bush decidiera invadir Irak

La ofensiva de cara a conseguir «mercados libres» y abrirlos a la inversión de las empresas de los EE.UU., ahora viene acompañada de la presencia militar más formidable nunca presenciada por la humanidad, básicamente sin oposición de ninguna clase. Irak ahora se encuentra «liberada» gracias al control y a la inversión empresarial estadounidense, después de haber sido «pacificado» como estado cliente. Tomando como base la historia reciente de los Estados Unidos, no existe duda alguna de que en el futuro se necesitará la muerte de más millones de personas de este Oriente Medio rico en petróleo, y de cualquier otro lugar del planeta, en aras del imperio de los EE.UU. La junta militar de Bush ha de aprender una seria lección. No se puede crear democracia a golpes de bomba. Los valores universales e igualitarios de la democracia requieren la aceptación recíproca de las perspectivas mutuas.

Por lo tanto, no es de extrañar observar un vínculo entre la globalización neoliberal y una postura militar agresiva de los EE.UU., en especial cuando el complejo militar e industrial se ha convertido en un actor económico tan importante (Gibbs, 2001). El keynesianismo militar vuelve a estar de moda. La globalización neoliberal no es auto correctora ni auto impuesta. Como señala Richard Friedman:«la mano escondida del mercado nunca funcionará sin un puño escondido –McDonald's no puede seguir adelante sin McDonnel-Douglas, el diseñador del F-15. Y el puño escondido que protege el mundo de las tecnologías de Silicon Valley se llama Ejército, Fuerza Aérea, Armada y Cuerpo de Marines de los Estados Unidos» (cita de Gibbs, 2001: 33-34). La globalización neoliberal otorga una poderosa ventaja competitiva a los países desarrollados, y beneficia a los EE.UU. sobre todo a través de la liberación de las finanzas internacionales y la función única del dólar en una economía sin fronteras (Gibbs, 2001). Durante el proceso, se agrava la estratificación de clases y etnias en la economía mundial. Grandin ofrece la siguiente breve descripción:

«Junto al neoliberalismo, tenemos una misión neocivilizadora. Occidente comportará una democracia de libre comercio, de una manera u otra, para el resto del mundo, bien sea mediante la mezcla adecuada de tecnología, mercados, constituciones y bienes de consumo, o desde el cañón de un arma inteligente» (2003: 29).

El programa estratégico de la reconstrucción democrática de libre comercio de Irak es, en realidad, otra manera de describir una violación de las fuerzas que tratan de construir una sociedad más justa y equitativa, que son en la inmensa mayoría de casos la clase obrera de los países subdesarrollados. La siguiente observación lo explica de manera muy sucinta:

«Mientras que en apariencia los objetivos del ataque estadounidense son los regímenes de estos países, en realidad a penas tiene sentido, puesto que ninguno de ellos plantea una amenaza para los EE.UU. y, de hecho, algunos de ellos como Arabia Saudita o Egipto son clientes. Más bien, el verdadero objetivo son las masas antiimperialistas de la región, para las cuales determinados regímenes son inaceptables, y en otros casos imposibles de controlar. Precisamente estas masas antiimperialistas del Asia Occidental, y no sus gobernantes de la tendencia que sean, son quienes siempre han supuesto una amenaza real para la dominación de los EE.UU. Parece como si este país estuviera convencido de que sus ejércitos implacables y extremadamente sofisticados pudieran enfrentarse con éxito a las masas, si éstas se manifiestan en público. Por esto algunas veces llega incluso a provocar revueltas poblacionales, con tal de tener ocasión de pisarlas» (Unidad de Búsqueda en Economía Política, 2002).

El caso de América Latina es un ejemplo convincente. Estamos siendo testigos de la reconolización de esta zona a través de la militarización, a medida que se establecen nuevas bases estadounidenses a Manta (Ecuador), Tres Esquinas y Leticia(Colombia), Iquitos(Perú),Rainha Beatriz (araba), y Hato(Curazao). Estados Unidos entrena soldados latinoamericanos de Chile, Brasil, Bolivia, Ecuador, Perú y Uruguay como parte de la Operación Cabañas de la Argentina. Además del impopular Plan Colombia, los EE.UU. están instalando el Sistema de Supervivencia del Amazonas, el cual puede controlar 5,5 millones de kilómetros cuadrados, así como un radar gigantesco en Argentina (Mendonca, 2003). Mientras que la lucha de la izquierda latinoamericana contra las dictaduras apoyadas por los EE.UU. finalizó con el restablecimiento de un documento constitucional en algunos países, Estados Unidos continúa disuadiendo a los partidos políticos de allá para convocar movilizaciones de masas; preferiría que estos partidos adoptaran una política democrática «de representación pasiva y negociación entre élites» (Grandin, 2003: 29) más «moderna». Además, se ha producido una violación permanente de la democracia directa, con la ampliación de restricciones a los esfuerzos regionales y domésticos «desde abajo» para regular l'economía:

«Washington ha ingeniado una serie de medidas antidemocráticas – como los tratados internacionales que limitan la capacidad de los estados locales de implementar normas, y el establecimiento de bancos centrales independientes que apartan la política monetaria del debate público – que delimitan la voluntad popular» (Grandin, 2003: 29).

Ahora bien, la actual situación de Irak – y los acontecimientos que la han conducido - ¿no constituye, en última instancia, una metáfora parcial de la cristalización del capitalismo globalizado en cualquier parte del mundo? Mientras que Estados Unidos defiende la lucha por la libertad y la democracia en Irak – una lucha que, en realidad, atraviesa el firmamento como una bengala de Cuatro de Julio -, la misma democracia que proclama para los iraquíes no la ha sabido materializar para sus ciudadanos. Como educadores críticos, no estamos convencidos de que la democracia pueda sostenerse en un mundo gobernado por la ley de valores del capitalismo –con o sin imposición de imperio. Durante estos días la perspectiva de la democracia parece especialmente sombría en los EE.UU., después de que la administración de Bush haya sometido el país a un encarcelamiento ideológico (con la ayuda de aparatos estatales ideológicos como Fox TV News), en un intento de volver a los idílicos días de la era McKinley, cuando los “capos” de la industria controlaban con absoluta libertad un reino financiero retrógrado, que consagraba los derechos de la propiedad privada y apoyaba la anexión de territorios extranjeros (Greider, 2003).

En un universo social salpicado por los estragos de la guerra del capitalismo contra la clase obrera y la gente de color, existen pocos lugares donde retirarse en que el mercado global todavía no haya ocupado. Es obvio que los Estados Unidos no han hecho frente a la adicción a la injusticia del capitalismo, y que sus políticos han dado poco espacio en los debates educativos, porque el profesorado cuestiona la relación estructuralmente dependiente entre el nivel de vida de los países desarrollados, y la miseria y la pobreza de los subdesarrollados. A principios del siglo XX, este país se equivocó al hacer caso omiso al consejo de uno de sus filósofos más destacados, John Dewey(1927), quien, consciente de «la amplia importancia que se ha otorgado a la doctrina», avisó: «El movimiento natural de la empresa comercial, combinado con las nociones legalistas angloamericanas sobre contratos y su inviolabilidad, y el hábito internacional que obtiene respeto a la deuda de una nación de proteger la propiedad de sus ciudadanos, es suficiente para emprender acciones imperialistas.»

Con la utilización de una política que confía en la estupefacción de un electorado moldeado por los medios, la administración Bush ha reunido a las empresas mediáticas al servicio de su política exterior de forma que el medio ambiente se encuentra teñido, prácticamente, de su programa neoliberal, con muy poco espacio carente de su entusiasmo ideológico. Bush no sólo ha actuado como un emperador que ha recibido la corona de laureles (cuando tendría que traer una de arrayán, que en la antigua Roma simbolizaba la victoria sardónica sobre un enemigo ilegal o que representaba una amenaza interna), sino que también ha usado con destreza los medios de comunicación para presentar sus medidas de política exterior con un enfoque bíblico. Cuando, sobre la cubierta acabada de frotar del portaaviones USS Abraham Lincoln, el presidente y combatiente de los EE.UU. apareció perfectamente enfundado como un aviador de un S-3B Viking, con el casco bajo el brazo (gesto algo descarado, teniendo en cuenta que los informes militares revelan que dejó de volar los 18 últimos meses de servicio en la Guardia Nacional, en 1972 y 1973, y que sus comandantes de la unidad de Tejas no fueron conscientes durante un año), su sonrisa fanfarrona fue aplaudida con cálidas ovaciones por multitud de soldados y marines allá reunidos. Delante de un atrevido cartel que decía «misión cumplida», declaró a la «batalla de Irak» de «victoriosa» en la «guerra continuada contra el terrorismo». Este acontecimiento fue orquestado con esmero por el equipo de veteranos fabricantes de imágenes de Bush, entre los cuales había un antiguo productor de l'ABC, un antiguo productor de Fox News, y un antiguo cámara de la NBC, todos ellos pagados a partir del presupuesto anual de 3,7 millones que Bush asigna a sus coordinadores mediáticos. Creemos que no es ninguna coincidencia que se pueda hacer una clara comparación entre este ejemplo teatral de derechas, y la infame película propagandística de Leni Riefenstahl Triumph des Willens (El triunfo de la voluntad), sobre el Parteitag nazi de 1934 a Nüremberg, donde se presentaba Adolf Hitler como el salvador del mundo. En la versión alemana, Hitler sale de un avión Junker 52 que fue filmado mientras aterrizaba en el aeropuerto de Nüremberg, acompañado por majestuosas notas de Wagner. Miles de espectadores nazis cantan ¡ Sieg hiel ! a medida que la música va en crescendo. De esta manera, igual que la escena se trabajó con cuidado para insinuar que Hitler era una manifestación moderna de la antigua deidad aria Odín(ver The Internationalist de mayo de 2003), el acto sobre el USS Abraham Lincoln presentaba a George Bush como el actor principal de la obra tan cristiana conocida como Segundo Advenimiento. El discurso de Bush en el portaaviones parafraseó el capítulo 61 de Isaías, precisamente el libro que Jesús usó cuando proclamó que las profecías de Isaías sobre el Mesías se habían cumplido, insinuando así, quizás, que Bush cree que el Segundo Advenimiento ha empezado (Pitt, 2003) y que su guerra contra el terrorismo juega un papel importante en esta profecía bíblica. Los comentaristas de izquierdas señalaron que la estrategia de «choque y sobresalto» del Pentágono se había copiado de la estrategia nazi de Blitzkrieg (guerra relampagueante), y de la doctrina de Luftwaffe de Schrecklichkeit (terror) dirigida a asustar a la población hasta la rendición, y que la doctrina de Bush de la guerra preventiva emula el fundamento de la marcha de Hitler por Polonia (Hitler había proclamado que Polonia suponía una amenaza inmediata para la seguridad del Reich). Y mientras que el voto de Bush senior por establecer un Nuevo Orden Mundial y el de Hitler por crear un Neue Ordnung se han de dentro su especificidad histórica y contextual, la comparación de la dinastía de Bush con el Tercer Reich va más allá de la estética fascista, el espectáculo mediático, y las tácticas policiales del departamento de Seguridad Nacional. Es fácil comprobar que las intrigas de capital y el papel del complejo militar e industrial en actos imperialistas de agresión vienen disfrazados de «democracia»

Donde las aulas una vez sirvieran, al menos potencialmente, como uno de los pocos espacios de respiro de los estragos causados por la ideología dominante y un reducto protegido del control absoluto de la información del aparato estatal, ahora se han visto colonizadas por la lógica corporativista de la privatización y la ideología imperial del estado militarizado. El profesorado se encuentra suspendido dentro de una división ideológica que separa razón e irracionalidad, conciencia y adoctrinamiento, mientras los administradores y funcionarios gubernamentales le recuerdan que incorporar la «política» a la clase no es patriótico. Cogemos por caso el de Bill Nevins, un profesor de secundaria de Nuevo México que se tubo que tragar un repentino año de permiso remunerado, después de que un estudiante leyera «Revolution X», un poema que pone la mirada crítica sobre la guerra en Irak.

La izquierda educativa no ha sabido ver cómo los cambios en el modo y en las relaciones sociales de producción se encuentran implicados, desde siempre, en la evolución del estado «racializado». Según Anthony Monteiro (2002), la llegada de la administración de Reagan marcó una transformación importante en la formación del estado racial, en el cual «el equilibrio del poder estatal cambiaba de manera creciente hacia las dimensiones militares e industrial, y policial». Desde entonces, la síntesis keynesiana neoclásica ha dado paso a una economía neoliberal friedmanista, que después del 11-S ha provocado un nuevo sentimiento de vulnerabilidad entre la población blanca corriente, los cuales han sido instados a hacer sacrificios en aras del imperio de los Estados Unidos. Monteiro escribe:

«Las realidades subjetivas de la población blanca común se filtran a través de los prismas inevitables de la raza y la supremacía blanca. La amenaza, por lo tanto, se ve como una amenaza hacia la gente blanca como colectivo, y no sólo hacia los intereses económicos de la nación, o incluso hacia intereses de clase específicos. Para ellos, el imaginario americano se ha visto ensuciado y entoldado. Su sensación de seguridad y esperanza de privacidad ha sido herida. Hace falta salvar su sueño, para que la psique americana pueda restablecerse. En el sentido más profundo, los privilegios del color blanco y la supremacía blanca se ven atacados. Por esto, la defensa de América y de la democracia se ve, en el fondo, como la defensa de los derechos globales de la gente blanca, articulada de formas diversas como la defensa de la civilización de Occidente.»

La domesticación de la pedagogía crítica

En esta era económica turbulenta, el mundo capitalista de la burguesía ha llegado a sentirse desilusionada a la vez que, para la clase obrera, se ha convertido en un remolino de barbarie y traición. A los educadores críticos no se les ha pasado por alto. Aún cuando se han acabado acostumbrando a la marginación académica que a menudo acompaña los ataques de los educadores conservadores más groseros y reaccionarios, los defensores y practicantes de la pedagogía crítica han temido durante tiempo ser abocados al pozo del infierno académico, por el hecho de ser considerados no sólo como peligrosamente irrelevantes para la democracia de los EE.UU., sino también como traidores en términos políticos. Ante esta coyuntura histórica actual de la historia de los Estados Unidos, en que se entrega a una «guerra permanente» contra el terrorismo y se expande el imperio americano mientras estamos presentes, se pensaría que estos temores no son infundados. Esto viene motivado, en parte, por el hecho de que la pedagogía crítica se ganó la primera reputación en los 90, con una crítica feroz al imperialismo y a la explotación capitalista estadounidense

Aun así, los tiempos han cambiado. Hoy en día, la pedagogía crítica ya no es la peligrosa crítica de la educación liberal de libre mercado que una vez fue. Más bien, ha acabado tan absorbida por el liberalismo cosmopolitizado de la izquierda postmoderna, que ya no funciona como cuestionadora mordaz del capital y de la hegemonía económica y militar de los EE.UU. Evidentemente, creemos que esto puede cambiar. Existen muchos progresos en nuestros campus relacionados con los movimientos antibélicos y antiglobalización, que nos proporcionan la esperanza de que la voz de nuestros jóvenes – y entre ellos, quienes asistirán a nuestros programas de formación de profesorado – estará mucho más politizada o abierta a lo que Freire denominaría «concientización» que en años anteriores. No hay duda de que esto se ha visto fomentado por la movilización mundial contra Bush y su junta militar/petrolera de facto . Se creará cierta presión sobre los educadores críticos (en Estados Unidos son la mayor parte liberales, no revolucionarios) porque respondan a los gritos de una nueva generación de estudiantes de magisterio politizados. No será, pero, un mero caso de gastar saliva. Actualmente existen más de 80 periódicos y revistas de derechas que circulan por los campus universitarios de cualquier parte del país. Es obvio que la organización conservadora está realizando un esfuerzo concertado para silenciar las voces progresistas y distorsionar los hechos históricos. Y no es de extrañar, atendida la postura oficial del gobierno de que los hechos no importan. Cuando, en 1988, un barco lanza misiles estadounidense estacionado en el Golfo Arábigo tumbó un avión de pasajeros y mató a 290 civiles, George Bush padre comentó lacónicamente: «Nunca pediré disculpas por los Estados Unidos. No me importa cuales sean los hechos » (cita de Roy: 2003a).

Existe la necesidad porque los educadores de maestros incorporan un discurso más radical a la literatura educativa, así como directamente a sus programas docentes, para cuestionar la distorsión de acontecimientos que realizan los medios de derechas. Incluso en el campo de la pedagogía crítica, estos intentos han sido descorazonadores.

Escrito como contrapunto a la oleada de globalización neoliberal, y a su «misión civilizadora» en favor de los oprimidos de países desarrollados y en vías de desarrollo parecidas, este capítulo está planteado tanto un análisis de la domesticación de la pedagogía crítica, como un reto para reavivar las raíces políticas y el papel en la izquierda de la sociedad civil. Su finalidad es iniciar un diálogo entre los educadores progresistas. Sobre todo quienes vivimos en la boca del lobo –en gringolandia–, estamos siendo testigos de una época en que la ciudadanía ha acontecido caracterizada por una presencia histórica nada crítica respecto a la autoformación, en la que los individuos que habitan los paisajes multifacéticos de la nación están tan marcados racialmente que se les ha de educar de forma segregada, y en la que la clase obrera ha acabado siendo reemplazada por el capital, con objeto de conservar la ideología de mercado neoliberal de la clase dominante delante de todas y cada una de las otras posibles alternativas – las cuales legitimarán el estatus subordinado de la clase obrera dentro de la división del trabajo existente.

En el marco de la coyuntura histórica actual, a la vez que la administración de Bush pone la mirada sobre la acción afirmativa de abolición, que la derecha aprovecha toda oportunidad para sustituir el salario social por el sistema de libre mercado, y que los conservadores idean planes estratégicos para privatizar el que queda de la devastada esfera pública, miles de profesores y educadores de maestros en cualquier parte del país se giran hacia la izquierda, buscando orientación y liderazgo. Bajo la máscara de la democracia, el argot carnavalesco de Bush sobre salvar la civilización de las hordas del terrorismo resuena en el ambiente. La mayoría de los profesores no son lo suficiente viejos como para recordar la propaganda anticomunista de finales de los 40 y de los 50, pero muchos de los americanos ahora retirados están experimentando un déjà vu político. Millones de personas leyeron los libros Is this tomorrow: America Ander Communism ! (¿Esto es el mañana?: América bajo el comunismo), Blood is the harvest (La sangre es la cosecha), y Red Nightmare (Pesadilla roja). En 1948, la Cámara de comercio de los EE.UU. publicó A Program for community anti- communism (Programa para el anticomunismo comunitario), que contenía una frase que recuerda, de manera extraña e inquietante, un comentario que el presidente Bush hizo algunas semanas después de los ataques del 11 de septiembre: «Sabéis que nos odian a nosotros y a nuestra libertad». Quienes son demasiado jóvenes para acordarse de la era McCarthy, experimentan la segunda parte personalmente. Algunos consideran la erosión de los derechos civiles como sacrificio necesario mientras dura la guerra contra el terrorismo. Pero no todo el mundo ha sido engañado. En particular las voces críticas del denominado Tercer Mundo. Mientras que la amplia mayoría de americanos retrocedería, con seguridad, escandalizada por la comparación entre la actual administración de Bush y el régimen nazi, reconocidos científicos sociales como Samir Amin (2003) no ponen ninguna duda:

«Hoy en día los Estados Unidos están gobernados por un puñado de criminales de guerra que se hicieron con el poder gracias a una clase de golpe de estado. Este golpe había sido precedido por elecciones (dudosas); tampoco hemos de olvidar que Hitler fue un político que había sido escogido. Dentro de esta analogía, el 11-S ejerce la función del 'incendio del Reichstag', permitiendo a la junta militar justificar un despliegue de fuerzas policiales semejante al de la Gestapo. Tienen su propia Mein Kampf – la Estrategia de Seguridad Nacional –, asociaciones de masas– las organizaciones patrióticas –, y predicadores. Es vital que tengamos el coraje para contar estas verdades, y dejar de enmascararlos detrás de frases como ‘nuestros amigos, los americanos', que hoy por hoy han perdido bastante significado.»

Es evidente que esto constituiría una analogía del todo exagerada –y quizás claramente alevosa -, incluso para muchos investigadores progresistas de la academia americana. Sin embargo, cada vez más, ciudadanos de países que han caído víctimas de las políticas militares y económicas estadounidenses en el pasado recurren a esta comparación. Cuando influyentes académicos de derechas como por ejemplo Michael Leeden, miembro residente de la cátedra de la Libertad del Instituto Empresarial Americano, anuncian que «cada diez años aproximadamente, los EE.UU. necesitan coger algún pobre país desgraciado y ponerlo contra las cuerdas, sólo para demostrar al mundo que no hacen broma» (cita Lapham, 2003: 11), no se puede hacer demasiado para convencer las voces críticas de atemperar sus analogías.

Ahora bien, incluso cuando nos desintoxiquen de la oscuridad sombría que rodea la actual guerra contra el terrorismo, y nos desengañemos de los llamamientos al patriotismo primitivo de banderas y adhesivos en los parachoques, que forma parte de la cruzada petulante de Bush hijo por una América decente (es decir, una América desproveída de críticas), dentro de la academia liberal todavía permanece una ausencia flagrante de cuestionar el capital como relación social. Mientras que se habla mucho de la redistribución de ingresos, es de extrañar que se haga tan poca referencia al hecho de oponernos a las anomalías y a los mecanismos del régimen capitalista con fines lucrativos, a banda de juzgar algunos de los según comandantes en cabeza disponibles de la última vuelta de delincuentes corporativos. Las críticas atrofiadas al ataque fascista de la administración de Bush contra la democracia no es tanto un rechazo de la voluntad política por parte de los educadores liberales, sino una toma de conciencia de que si continuamos con una economía de mercado intercionalizada la introducción de controles sociales eficaces para proteger a las clases marginadas y más desfavorecidas provocará desventajas comparativas insoportables para el estado-nación, o para el bloque económico que tratan de instituir estas políticas. Si, como insisten los educadores liberales (con envidia) y los conservadores (con demagogia) en qué, efectivamente, no hay alternativa posible para trabajar dentro de una economía de mercado institucionalizada, entonces hace falta reconocer que las políticas neoliberales que defiende el capitalismo de libre comercio y destruyen lo poco que queda del estado de bienestar, tienen sentido. Y mientras que, de bien seguro, el castigo infligido a los pobres se puede escalonar repartiendo las condiciones de pobreza masiva con políticas y prácticas más discretas –aun cuando no menos letales-, todavía hay la pregunta de como hacer frente a los estragos que al final causarán a los pobres e impotentes, en ausencia de una alternativa socialista. Dentro de este contexto – de colas para conseguir comida, de hospitales congestionados, y de listas del paro más largas que las de los centros electorales –, la cuestión de la organización acontece imperativa para la izquierda en la búsqueda de una alternativa socialista.

La política de organización

Esto nos enfrenta cara a cara con el espinoso tema de La organización, un problema que ha preocupado de forma obstinada tanto a la izquierda revolucionaria como a la progresista durante un siglo. Max Elbaum (2002) apunta que las organizaciones son cruciales en la lucha por la justicia social. Escribe que «sin las formas colectivas es imposible enseñar el equipo, debatir la teoría y la estrategia, difundir información y análisis, o implicarse del todo con las luchas urgentes del día. Sólo mediante las organizaciones los revolucionarios pueden maximizar su contribución a las batallas en curso, y posicionarse para influir al máximo en los acontecimientos, cuando surjan nuevas oportunidades y momentos de agitación social» (2002: 335). A la vez, pero, Elbaum previene que tenemos que evitar lo que él denomina «callejones sin salida sectarios» en la lucha por la justicia social. Con una reflexión sobre sus experiencias en el Nuevo Movimiento Comunista de los años 70, explica que cuando un movimiento acontece un «mundo independiente» que insiste en la solidaridad y en la disciplina de grupo, esto puede comportar a menudo la supresión de la democracia interna. El rígido modelo de partido verticalista constituye, obviamente, un problema para Elbaum. Por un lado, los activistas sociales necesitan participar y tener responsabilidades en una base social amplia, activa y anticapitalista; por otro, existen presiones para dejar a un lado las políticas revolucionarias de algunos y así producir un efecto inmediato en la política pública. Encontramos el impulso para «retirarse a un lugar reducido pero seguro dentro de los márgenes de la política, y/o confinarse a la propaganda revolucionaria» (2002: 334). Elbaum cita la máxima de Marx que los periodos de sectarismo socialista se producen cuando «todavía no ha llegado el momento de un movimiento histórico independiente» (2002: 334). Los problemas aparecen de forma inevitable cuando se usa la «fidelidad más pura hacia las viejas ortodoxias», con objeto de mantener la moral de los miembros necesaria para la cohesión del grupo y para competir con otros. Constata que los periodos más prósperos de los movimientos sociales parecen ser cuando los grupos con un tejido bien sólido y otras formas son capaces de coexistir e interactuar, a la vez que se consideran parte de una tendencia política común. Escribe que «la diversidad de las formas organizativas (colectivos editoriales, centros de búsqueda, agrupaciones culturales, y amplias redes de organización, además de las formaciones locales y nacionales), junto con una interacción dinámica entre ellas, facilitó (al menos hasta cierto punto) algunas de las presiones en favor de la democracia y el realismo, que en otras situaciones había provenido de una clase obrera de tendencia socialista» (2002: 335). El número de miembros ejerce un efecto cualitativo profundo en las estrategias empleadas y los modelos organizativos adoptados. Elbaum previene sobre que los intentos de constituir un reducido partido revolucionario (un embrión de partido) «impidieron que los activistas vieran el planteamiento de Lenin de que un partido revolucionario no sólo tiene que ser un destacamento ‘adelantado', sino que también tiene que representar y estar basado en un lado considerable y socialista de la clase obrera» (2002: 335). Hará falta adoptar medidas realistas y complejas, que dependan claramente de la situación del movimiento proletario mismo. Si citamos las ideas de Elbaum no es porque nos adhiramos a todas sus conclusiones, sino porque somos conscientes de la importancia de las cuestiones que plantea. Creemos que son pertinentes para la construcción de la lucha antiimperialista de la izquierda educativa.

Resulta axiomático para el desarrollo presente de la pedagogía crítica el hecho de que esté basada en una visión alternativa de la sociedad humana, una visión que funciona fuera del universo social del capital, que va más allá del mercado, pero que también ultrapasa el estado. Tiene que rechazar la falsa oposición entre el mercado y el estado. Máximo De Angelis escribe que «el reto histórico que se nos presenta es que la cuestión de las alternativas (...) no está separada de las formas organizativas que este movimiento mismo comporta» (2002: 5). Dado que nos enfrentamos globalmente a una clase emergente capitalista y transnacional, y la incursión del capital hasta el último rincón del planeta, los educadores críticos necesitan una filosofía de organización que aborde en la justa medida el dilema y el desafío del proletariado global. Cuando analiza las manifestaciones alternativas de lucha antiglobalización, De Angelis detalla algunas características prometedoras: la realización de varias contra-reuniones cumbre; los Encuentros Zapatistas; prácticas sociales que crean valores de uso más allá del cálculo económico y la relación competitiva con el otro, inspiradas en comportamientos de solidaridad mutua y social; grupos de estructura horizontal fuera de las redes verticales en las cuales se protege y se impone el mercado; cooperación social a través de la democracia popular, el consenso, el diálogo, y el reconocimiento del otro; autoridad y cooperación social desarrolladas en relaciones fluidas y auto constituyentes gracias a la interacción; y un nuevo compromiso con el otro que trascienda la localidad, el trabajo, la condición social, el género, la edad, la raza, la cultura, la orientación sexual, el idioma, la religión y las creencias. Todas estas características tienen que ser secundarias a la constitución de las relaciones comunes. Como escribe:

«El escenario global para nosotros es el descubrimiento del otro, mientras que el escenario local es el descubrimiento de nosotros mismos y, descubriéndonos, cambiamos nuestra relación con el otro. En una comunidad, el pueblo común es un proceso creativo de descubrimiento, no un presupuesto. Por lo tanto hacemos ambos procesos, pero teniendo siempre la comunidad presente, la comunidad como modo de compromiso con el otro» (2002: 14).

Pero ¿qué pasa con el estado nacional? Según Ellen Meiksins Woods «el estado es el punto dónde el capital global es más vulnerable, tanto como objetivo de la oposición en las economías dominantes, como palanca de resistencia por todas partes. También significa que, ahora más que nunca, muchas cosas dependen de las fuerzas particulares de clase incluidas en el estado, y que ahora más nunca existen posibilidades, y también una necesidad, para la lucha de clases» (2001: 291). Sam Gindin (2002) afirma que el estado ya no es una arena de combate relevante, si por combate entendemos hacerse con el poder del estado y empujarlo hacia otra dirección. Ahora bien, el estado sí que es un punto importante de lucha si el propósito es transformarlo. Escribe:

«La sabiduría convencional tiene claro que el estado nacional, nos guste o no, ya no es un punto de lucha importante. Por un lado, es cierto. Si la noción de estado que tenemos es la de una institución, los gobiernos de izquierda ‘capturarlo' y empujarlo en otra dirección, la experiencia nos indica que esto contribuiría bien poco a la justicia social. Pero si nuestro objetivo es transformar el estado en un instrumento de movilización popular y de desarrollo de las capacidades democráticas, con objeto de traer la economía bajo el control popular y reestructurar nuestra relación con la economía mundial, entonces conseguir el poder estatal pondría de manifiesto las peores pesadillas del mundo empresarial. Cuando rechazamos estrategias basadas en ganar pasando por encima de otros, y persistimos en nuestra lucha por la dignidad y la justicia nacionales, podamos servir de ejemplo a otros más allá de nuestras fronteras y crear nuevos espacios para sus propias batallas» (2002: 11).

La premisa de John Holloway es similar a la de Gindin. Afirma que tenemos que teorizar el mundo negativamente como un «momento» de práctica, como parte de la lucha para cambiarlo. Esta transformación, pero, no se puede producir cambiando el estado mediante la toma del poder, sino más bien que ha de ocurrir a través de la disolución del poder como medio por transformar el estado y, por lo tanto, el mundo. Esto es así porque el estado desprovee al pueblo de todo poder, separándolo del «hacer» (actividad humana). En nuestra tarea como educadores críticos, la distinción de Holloway entre poder para actuar o «hacer» ( potentia ) y el poder por encima ( potestas ) es instructiva. La potentia es una parte del «flujo social de actuación», la construcción colectiva de un «nosotros» y la práctica del reconocimiento mutuo de dignidad. La Potestas niega el flujo social para hacer cosas, y aliena así el «nosotros» colectivo en un simple objeto de destrucción.

Holloway se partidario de la creación de las condiciones para la «actuación» o «hacer» futuro de otras mediante la potentia . Durante el proceso, no tenemos que transformar la potentia en potestas , puesto que esta última sólo diferencia los «medios de actuación» de la verdadera «actuación», hecho que ha logrado su máxima expresión con el capitalismo. De hecho, quienes ejercen la potestas distinguen lo que está hecho de lo que están haciendo los otros, y declaran que todo es suyo. Los actores entonces acontecen distanciados del origen del pensamiento y la práctica, deshumanizados hasta el extremo de ser «objetos» instruidos bajo el mando de quienes han asumido la potentia . Este poder reduce a la gente a meros propietarios y no propietarios, transformando las relaciones entre personas en relaciones entre objetivos. Transforma el «hacer» en una condición estática de ser. Mientras que «hacer» se refiere tanto al «somos» (el presente) y al «no somos» (la posibilidad de ser otra cosa), ser sólo apunta al «somos». La eliminación del «no somos» descarta cualquier posibilidad de agente social. El gobierno del poder de sobre- potestas es el gobierno del «así es cómo son las cosas», que es el gobierno de la identidad. Cuando nos separan de nuestro propio «hacer», creamos nuestra propia subordinación. La potentia no es un contrapoder (que presupone una simetría con el poder), sino un antipoder.

Holloway nos recuerda que la distinción entre el «hacer» y el «hecho» no es un elemento acabado sino un proceso. Separación y alienación es un movimiento contra su propia negación, contra la anti alienación. Lo que existe bajo la forma de su negación –o antialienación (el modo en que «se es» negado) – sí que existe realmente, pese a la negación. Es la negación del proceso de desmentir. El capitalismo, según Holloway, se basa en desmentir el poder para actuar- potentia , la dignidad, la humanidad, pero esto no significa poder-para-no-existir (contra capitalismo). Afirmar nuestra potentia , es afirmar a la vez nuestra oposición a la subordinación. Puede adoptar la forma de rebelión abierta, de enfrentamientos para defender el control sobre el proceso del trabajo, o de intentos para dirigir las políticas educativas y sanitarias. La potestas depende del que esté negando. La historia de la dominación no es sólo la lucha de oprimidos contra opresores, es también la batalla de quienes tienen el poder para liberarse de su dependencia de quienes no lo tienen. Ahora bien, no existe ninguna manera en que la potestas pueda rehuir transformarse en potentia , dado que el flujo de capital del trabajo depende, precisamente, de éste (de su capacidad para convertir el poder por actuar/hacer en trabajo abstracto productor de valores) en forma de índices de beneficio cada vez menores.

Estamos empezando a presenciar nuevos modelos de organización social como parte de la praxis revolucionaria. Además de los Zapatistas, encontramos un ejemplo destacado en el presupuesto participativo del Partido de los Trabajadores del Brasil. Y en Argentina podemos observar nuevas formas de lucha organizada, derivadas del reciente colapso económico del país. Nos referimos a los ejemplos de las protestas por las calles de los piqueteros (desempleados) que existen en estos momentos, y que surgieron por primera vez hace unos cinco años en las comunidades más pobres del interior. Más recientemente, han aparecido nuevas asambleas de vecinos a raíz de las protestas en las esquinas. Con un total aproximado de 300 por todo el país, estas asambleas se reúnen una vez a la semana para organizar caceroladas , y para defender a aquellos que han sido desalojados de sus casas, o a quienes les han cortado el suministro, etc. Los asambleístas también coordinan la preparación de comida para alimentarse ellos mismos y a los otros. Este movimiento antijerárquico, descentralizado y popular, formado tanto por trabajadores con trabajo como por desempleados, en la mayoría de casos mujeres, ha adquirido una nueva urgencia desde diciembre de 2002, cuando cuatro gobiernos se vinieron abajo uno tras otro después de las demoras argentinas en la deuda exterior. La activista canadiense Naomi Klein (2003) capta el espíritu que rodea a la creación de las asambleas , cuando escribe:

A la Argentina, buena parte de la gente joven que se opone a las políticas neoliberales que han llevado a su país a la bancarrota, son hijos de activistas de izquierdas que ‘desaparecieron' durante la dictadura militar de 1976-1983. Hablan abiertamente sobre su determinación de continuar con la lucha política de los padres por el socialismo, pero con medios diferentes. En lugar de atacar barracones militares, ‘ocupan' terrenos abandonados y construyen hornos y casas; en lugar de planificar las acciones en secreto, mantienen asambleas públicas en las esquinas; en lugar de insistir en la pureza ideológica, valoran por encima de todo la toma de decisiones democrática. Gran número de antiguos activistas, los que tuvieron la suerte de sobrevivir a los horrores de los años 70, se han unido a estos movimientos, y hablan entusiasmados de aprender de la gente con la mitad de edad que ellos, de sentirse liberados de los encarcelamientos ideológicos del pasado, de tener una segunda oportunidad de hacer bien las cosas.»

Un informe reciente de la publicación News & Letters añade:

«Lo que llama la atención es la ferocidad con qué las asambleas se oponen a ser controladas, y a cualquier indicio de jerarquía verticalista. Insisten en la independencia, en la autodeterminación de la autonomía, y animan a todo el mundo a aprender como decir en voz alta sus opiniones y traspasar responsabilidades. Luchan de manera explícita por el auto desarrollo individual y personal, a la vez que por el poder, por todo aquello que tienen a su disposición» (2002: 6).

Las grandes asambleas ínter barriales (reuniones de varias asambleas) escogen delegados rotatorios para comentar y votar cuestiones que generan las comunidades locales. Además, los trabajadores han ocupado una serie de fábricas como Brukman, Zanon y Panificadora Cinco. También han ocupado una mina en Río Turbio. Obviamente, están apareciendo nuevas formas de organización. Como Ernesto Herrera apunta:

«Las experiencias del movimiento piquetero y de las asambleas de vecinos facilitan la oportunidad de construir un movimiento revolucionario, una fuerza popular democrática de perspectiva socialista. La gran ‘revuelta' ha puesto sobre la mesa la cuestión de una estrategia que aúne resistencia y lucha por el poder, democracia representativa y/o el principio de revocabilidad, los saqueos como actos de auto supervivencia por la comida» (2002: 10).

Actualmente Brukman, una fábrica de prendas de ropa formada por 55 trabajadoras, de entre 45 y 50 años, se ha desmarcado como símbolo de la lucha contra el estado argentino. Las trabajadoras de Brukman solicitan la propiedad pública de la factoría, cosa que establecería un precedente peligroso para la burguesía. De hecho, alrededor de veinticinco fábricas más en Argentina cuentan con trabajadores que también reclaman la propiedad pública. Los operarios de otras 250 fábricas piden alguna clase de intervención estatal de cara a la coordinación de los trabajadores (como la creación de cooperativas, etc.) Han formado un frente popular para oponerse al ataque del estado. A pesar de todo esto, las agresiones continúan. Un total de unas 25.000 personas rodearon la fábrica de Brukman para defender a los trabajadores que la policía había expulsado, con sus consiguientes numerosos daños y arrestos.


Desde luego, las asambleas se enfrentan a muchos problemas por el hecho de estar formadas por miembros de diferentes fracciones de clase, con diferentes programas políticos. Aún así, todas ellas sostienen la restructuración de las industrias recientemente privatizadas como la máxima prioridad (incluso cuando rechazan a los partidos vanguardistas). Al mismo tiempo, en el marco de este nuevo nacimiento de movilización popular, de subjetividades que se revolucionan bajo el ataque del capitalismo, hace falta que se produzca una propuesta pragmática de reagrupamiento político de las fuerzas radicales y anticapitalistas. Es necesario que los organizadores de la izquierda revolucionaria cuenten con más opciones disponibles. Herrera escribe:

«En México, el movimiento zapatista no pudo traducir su capacidad de movilización a las consultas y marchas en una alternativa política para la izquierda. No hubo ninguna modificación en la relación de las fuerzas políticas. La teoría del ‘antipoder indefinido' o ‘cambiar el mundo sin lograr el poder' no ha comportado un proceso de reformas radicales, ni un proceso revolucionario» (2002: 13).

Nosotros somos más optimistas sobre las posibilidades del movimiento zapatista que Herrera, pero creemos que independientemente de la forma que adopte la lucha contra el imperialismo y la globalización capitalista, ésta tendrá que ser internacional. Creemos en una lucha multirracial, de equilibrio de géneros, internacionalista y antiimperialista. Lo que sí que parece prometedor es la aparición de los Círculos Bolívares de Caracas, Venezuela, una movilización de la clase obrera venezolana en favor del presidente Hugo Chávez. Los Círculos Bolívares (que toman el nombre de Simón Bolívar) actúan como grupos de control creados tras el Comité de Cuba para la Defensa de la Revolución, y funcionan como enlaces entre los barrios y el gobierno, a la vez que fomentan el apoyo a Chávez. Destacan por luchar contra líderes empresariales y generales del ejército disidente, los cuales, con el apoyo de estadounidenses, tratan de hundir el gobierno de Chávez. Los miembros de los Círculos Bolivianos golpean polos eléctricos apagados para prevenir contra las movilizaciones de la oposición, y para que se unan los que estén a favor en cualquier parte de los barrios obreros de la ciudad. Son un ejemplo de autodeterminación en pro de la soberanía, como demuestra la declaración boliviana «Nuestra América: una sola patria», que rechaza la lealtad ideológica a «América» como una América definida por un sistema de valores relleno de capitalismo, que favorece el imperialismo y la explotación para así aumentar el margen de beneficios. Según «Nuestra América», la población no sucumbirá a la modernidad neoliberal a costa de convertirse en «carroñeros de la extravagancia industrial». Este movimiento es un indicio claro de que el presente se puede re-escribir, que existe una alternativa, y que la gente puede buscar su propia «América» (Nuestra América, 2003). Bajo el espíritu de esta declaración, instamos a os educadores críticos a presionar al Fondo Monetario Internacional (IMF) y al Banco Mundial a abrir sus reuniones a los medios y al público, y a cancelar toda la deuda que reclaman a los países subdesarrollados, puesto que estas deudas las adquirieron los dictadores que utilizaron préstamos del FMI y el Banco Mundial para someter a su población, al servicio de la acumulación de capital.

En la lucha contra el capitalismo y sus formaciones estatales, Alex Callinicos(2003) plantea dos opciones: reformismo dentro del movimiento anticapitalista (como resultado de la presión causada por el flujo de capital y las crisis de divisas, o como reacción ante las «rebeliones de los ricos» como las de fechas recientes en Venezuela) –movimiento que ha sido testigo del sometimiento sin resistencia de los órganos estatales de centro-izquierda al consenso de Washington. En este punto, el estado se tiene que ver como un vehículo mediante el cual el cambio social se puede lograr con éxito. Callinicos, pero, destaca que el estado no se puede usar sólo como un instrumento de transformación social, dado que ya se encuentra demasiado implicado en las relaciones sociales de producción y el aparato burocrático centrado en los medios de coerción. Callinicos no ahorra palabras:


«La experiencia histórica reciente confirma así el juicio que Marx y Lenin hicieron hace tiempo, que el estado no se puede usar sólo como un instrumento de transformación social. Es una parte del sistema capitalista, no un medio para cambiarlo. Las presiones económicas del capital internacional –sobre todo reflejadas en los movimientos de dinero de cualquier parte del globo-, empujan al estado a promover la acumulación de capital. Además, en el núcleo del estado mismo hay un aparato burocrático permanente de control de los medios de coerción–las fuerzas armadas, la policía y los servicios de inteligencia-, la máxima lealtad del cual no va hacia al gobierno electo, sino hacia la verdadera clase dirigente no votada.»

La segunda opción que plantea Callinicos es la que propone el ala autonomista del movimiento anticapitalista. Esta postura renuncia a confiar en el estado existente y rehuye el objetivo de lograr el poder a través del capital. Callinicos cita a Tony Negri y a John Holloway como los exponentes más conocidos, posiblemente, de esta tendencia. Describe el planteamiento de Holloway como «una forma extrema de fetichismo de mercancías, en el cual todas las estructuras aparentemente objetivas de la sociedad capitalista son meras expresiones alienadas de la actividad humana, basadas en la separación del sujeto y del objeto, del factor y del hecho.» Para Callinicos, «la acción de negación» o «antipoder» de Holloway significa que «cualquier intento de entender al capitalismo como un conjunto de estructuras objetivas, implica el abandono de la concepción original de Marx del socialismo como auto emancipación. De acuerdo con esto, se descarta prácticamente toda la tradición marxista subsiguiente por ser ‘cientista' y autoritaria».

El proyecto de Holloway de disolver las estructuras fetichistas de la actividad humana alienada y de liberar las calidades humanas el capitalismo niega, está considerado por Callinicos como extremadamente complejo. Por ejemplo, considera que el trabajo de Holloway y de Negri se está utilizando en Argentina como medio para justificar «la idea de que las redes pequeñas de fábricas, abandonadas por sus propietarios y ocupadas por los trabajadores, representan el comienzo de una nueva economía poscapitalista». Mientras que está claro que Holloway es consciente de que la lucha contra la alienación no tiene que dejar de lado los procesos productivos en el control del capital, su planteamiento está afectado por una contradicción fundamental. En el análisis final, la afirmación de Holloway que «no luchamos como clase obrera, luchamos contra el hecho ser clase obrera, contra ser clasificados» equivale, en realidad, y como Callinicos comenta, a intentar abolir las relaciones capitalistas de producción pretendiendo que no existen. Si estamos verdaderamente dispuestos a abolir estas relaciones sociales capitalistas, tiene menos sentido desidentificarse con la lucha de la clase trabajadora, que crear nuevas formas más eficaces de organización y lucha obrera. Lo que es importante en este punto es no quedarnos paralizados por miedo a no poder derrotar al capitalismo, sino ayudar a cultivar una fuente alternativa de poder en la sociedad capitalista –lo que Callinicos describe como «las extraordinarias capacidades de autoorganización democrática del grueso de la población corriente». Mientras que una vía hacia aquí es el sindicalismo, esta autoorganización contra el capitalismo no es el único campo exclusivo para las asociaciones obreras. Otras posibilidades incluyen movimientos anticapitalistas, antibelicistas y antiimperialistas. La llave de cualquier intento para coordinar los movimientos sociales, afirma Callinicos, es desarrollar y cultivar formas organizativas que unan la clase obrera a nivel local y nacional, bajo la forma de consejos de trabajadores (Callinicos se refiere a las formas que aparecen durante las huelgas multitudinarias y las revueltas populares de los trabajadores). Ya hemos observado sistemas de coordinación parecidos durante las revoluciones rusas de 1905 y 1917, la Guerra Civil española de 1936, la Revolución Húngara de 1956, la Revolución iraní de 1978-1979, y el alzamiento solidario de Polonia de 1980-1981. Según Callinicos:

«Estos consejos de trabajadores incorporan una forma de democracia más adelantada que se practica en las sociedades capitalistas liberales. Se fundamentan en la participación de las bases, en la toma de decisiones descentralizada dónde la gente trabaja y vive, y en la responsabilidad inmediata de los delegados de los órganos superiores hacia quienes los escogieron. Los consejos representan una manera de dirigir la sociedad alternativa a las formas centralizadas y burocráticas de poder de la que depende la dominación capitalista.»

El objetivo primordial es desarrollar la capacidad de los movimientos sociales de cuestionar, con éxito, a los aparatos centrales del poder estatal capitalista, y sustituir el estado con el tiempo completamente. Los movimientos sociales pueden servir como puntos de partida y como indicios perceptibles de esperanza de una alternativa al gobierno de la fuerza del capital. Nuestro reto es transformar a los movimientos sociales que se incuban dentro de las fronteras nacionales, en un movimiento generalizado contra el capital. Como señala Michael Löwy, en una época sin precedentes en la que el capital impregna las líneas de demarcación y lanza su fuerza opresora a través de instituciones como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio y el imperio de los EE.UU., de lo que se carece «es de una red de organizaciones políticas –partidos, frentes, movimientos- que puedan proponer un proyecto alternativo desde la perspectiva de una nueva sociedad, sin opresores ni oprimidos.» Eso sí, la multiplicidad de movimientos sociales (de composición heterogénea y con diversas nociones sobre como combatir al capital) identifica un enemigo común–la clase capitalista transnacional. Se dan cuenta del amplio alcance de la crisis actual, que acompaña una crisis de sobreproducción, una crisis de legitimidad de gobierno democrático, y una crisis de excesivas obligaciones financieras que ha reducido de forma alarmante los recursos materiales mundiales.

Para abordar esta cuestión, centraremos la atención en el importante trabajo realizado por James Petras y Henry Veltmeyer (2001), quienes cuestionan las desigualdades atroces provocadas por las empresas transnacionales, y reclaman salarios dignos para los trabajadores, producción de alimentos para los pobres de las ciudades, y una reforma agraria para los labradores. Esta transformación indica la importancia del «desarrollo desde abajo», que se puede conseguir gracias a la democratización del puesto de trabajo mediante los consejos de trabajadores y de ingenieros de cualquier parte de las fronteras internacionales, acompañado de un «desarrollo desde dentro». Hace referencia a un cambio notable de la propiedad de la producción, comercio y crédito, para poder hacer llegar la producción alimentaria y las necesidades básicas a los pobres que habitan el «mercado interno». Con objeto de tratar de lograr el socialismo –que Petras y Veltmeyer describen como un «cambio integral basado en las transformaciones de las esferas económicas, culturales y políticas, y en el entendimiento de la dominación multidimensional del imperialismo» (2001: 165)-, los trabajadores del Tercer Mundo se enfrentarán a numerosos obstáculos que dificultan el camino. Para asumir el reto con éxito, Petras y Veltmeyer afirman que tenemos que trasladarnos desde una estrategia de exportación imperialista y globalizada, hacia una economía doméstica integrada. Es importante no desvincularse de la producción mundial en base a ser independiente, o porque se crea que es posible lograr «el socialismo en un país». Sería igual de erróneo, argumentan, abogar por un socialismo de mercado, puesto que no es nada razonable asumir que las fuerzas de mercado, la propiedad privada y la inversión extranjera dirigida por el gobierno puedan construir la base del socialismo. Todo intercambio económico –externo e interno – ha de estar subordinado a un régimen democrático basado en la representación popular directa en unidades territoriales y productivas.

Consideramos que lo que hace falta enfatizar y defender no es sólo la abolición de la propiedad privada, sino también la lucha contra el trabajo alienado. El punto clave aquí no es perderse en el debate estado (capital nacionalizado) versus neoliberalismo (capital privatizado). Como explica el consejo editorial interno de News & Letters , la verdadera cuestión que no se tiene que confundir es la necesidad de abolir la dominación del trabajo por parte del capital. Este se tiene que arrancar de raíz a través de la creación de nuevas relaciones humanas que prescindan completamente de la producción de valores. Esto no significa que dejemos de oponernos al neoliberalismo o a la privatización. Lo que quiere decir es que no nos hemos de parar en este punto.

Una de las principales tareas a partir de ahora es la rotura de la separación entre trabajo manual y mental. Esta lucha se centra claramente a desmantelar el actual modo capitalista de producción, y establecer las condiciones para la creación de individuos asociados con libertad. Esto significa trabajar para un concepto de socialismo que cubrirá las necesidades de quienes combaten dentro de la actual crisis del capitalismo global. En este punto, tenemos que proyectar una segunda negatividad que vaya más allá de la oposición (es decir, oposición a la forma de propiedad, por ejemplo, propiedad privada) –una segunda o «absoluta» negatividad que vaya hacia la creación de elementos nuevos. Esto estipula no sólo incorporar nuevas formas de organización social, nuevos movimientos sociales, etc., sino también abordar cuestiones teóricas y filosóficas nuevas, que estos nuevos movimientos espontáneos suscitan. Necesitamos una nueva filosofía de revolución, así como una nueva pedagogía que se provenga de la dialéctica de la negación absoluta (McLaren, en prensa).

Tenemos que mantener la creencia de que otro mundo se posible. Necesitamos hacer más aparte de acabar con el capital o rehuirlo; obviamente, tenemos que cuestionar sus reglas de valor. Una manera necesaria (aun cuando no suficiente) de proceder, a nuestro parecer, es desarrollar una pedagogía crítica revolucionaria que permita a los grupos de clase obrera, multirraciales y de género descubrir como el capital explota el valor de utilización de su mano de obra; como la iniciativa de los trabajadores y el poder pueden destruir este tipo de determinación y forzar una recomposición de las relaciones de clase, enfrentándose al capital directamente en todas sus polifacéticas dimensiones. Esto requerirá una pedagogía crítica no sólo para determinar las oscilaciones de la dialéctica trabajo/capital, sino también para reconstruir el contexto objeto de la lucha de clases a fin de introducirlo en las escuelas. Hace falta hacer un esfuerzo, asimismo, para evitar que el capital cree una nueva especie de mano de obra a través de los actuales intentos de corporativizar, comercializar y moralizar el proceso de escolarización, y tenemos que oponernos a la subordinación continua de la vida en la fábrica social que muchos estudiantes denominan casa (Cleaver, 2000; ver también Rikowski, 2001). Reconstruir la izquierda educativa no será sencillo, pero tampoco lo será vivir en un estado capitalista cada vez más militarizado, en el que continuamente se somete a la mano de obra a la voluntad del capital.

Hacia una pedagogía y un programa de estudios críticos sobre la globalización

Como educadores sociales críticos, independientemente de que trabajemos dentro o fuera de la academia, nos afrontamos a una nueva sensación de urgencia en la lucha para crear una justicia social a escala global, estableciendo lo Karl Marx denominaría «un humanismo positivo» con objeto de sustituir lo que Hannah Arendt (1955) denominó la «solidaridad negativa» de los individuos desplazados y subordinados. Nuestro destino no es neutral; es un acto político basado en la interacción con los niños y las familias que creen que no tienen otra opción que sucumbir a los poderes que atorga la educación, que están resignados a la conciencia indicativa del «qué es», en lugar de la conciencia subjetiva del «qué podría ser». Como afirmó el educador y activista Paulo Freire:

«Nadie pueda estar en el mundo, con el mundo, y con los otros y mantener una postura de neutralidad. Yo no puedo estar en el mundo descontextualizado, observando simplemente la vida. Sí, puedo aceptar mi situación y sentirme cómodo, pero sólo para darme cuenta de mi incorporación a un contexto de decisión, elección e intervención. Existen continuas preguntas que todos tenemos que formular, y que nos dejan claro que no es posible estudiar únicamente para el bien de uno mismo. Como si pudiéramos estudiar de una forma que realmente no tuviera nada que ver con aquel mundo distante, extraño, que nos rodea» (1998: 73).

Un programa d'estudis crítico sobre la globalización examinará la educación como un proceso social arraigado a les relaciones sociales globales de producción. Utilizará los últimos avances tecnológicos para fomentar la comunicación y la interacción, con el objetivo de interrogar críticamente al estado-nación racializado y su insinuación en el nuevo imperialismo. Estamos convencidos de que nuestra sociedad sólo es una de las muchas posibles donde vivir, y de que tanto las luchas desde abajo como las de arriba han redefinido nuestro pensamiento sobre cómo podemos abrir las compuertas de la posibilidad de creación de unas globalizaciones alternativas. Reconocemos que el «intelectualismo» no está limitado a la academia, y que considerar el papel de los intelectuales como una categoría social distinta está basado en un malentendido elitista de la relación entre conocimiento como relación social, y la historia de la lucha de clases (Gramsci: 1971). Si adoptamos la noción de Gramsci de intelectual orgánico, entonces estamos aceptando que todos los seres humanos son agentes inherentes de transformación social, y nuestro repto se convierte, así, en mantener el desarrollo orgánico de las nuevas concepciones esenciales del mundo, conectando las bases materiales de producción con el desarrollo intelectual. El intelectual «orgánico» se define como un elemento fundamental de una clase social particular –un elemento que básicamente dirige las ideas y las aspiraciones de la clase a la que pertenece orgánicamente, tanto en sentido económico (a través de les relaciones sociales de producción) como social, jugando un papel funcional en el mantenimiento de la ideología de hegemonía de la clase gobernante. Con esto no se dice que exista una forma completamente pura del intelectual orgánico. Gramsci fue muy explícito a la hora de articular la fluidez de los intelectuales orgánicos como una categoría diferente que se puede manifestar de diversas maneras.

Cuando analiza las respuestas a la barbarie general y la corrupción del imperio, Petras (2001) amplia la noción de Gramsci de intelectual orgánico, y diferencia intelectuales estoicos, cínicos, pesimistas y críticos (categorías que se ajustan a quienes están al servicio de la hegemonía del imperio, desde los académicos postrados que se inclinan delante del capitalismo a la vez que denuncian los excesos, hasta los intelectuales que toman café tranquilamente en el Soho) de los que el denomina intelectuales irreverentes (al servicio de la causa de desarrollar la conciencia socialista revolucionaria y un nuevo internacionalismo). Los estoicos son rechazados por el «pillaje depredador del imperio», pero como se encuentran paralizados por el sentimiento de impotencia política, optan por formar reducidos cuadros de académicos para debatir la teoría en el máximo aislamiento posible, tanto de los poderes imperiales como de les masas oprimidas y degradadas. Los cínicos acusan tanto a las víctimas del capitalismo depredador como a los que los victimizan de estar afectados por el consumismo a partes iguales; creen que les masas oprimidas buscan obtener provecho sólo para invertir los papeles de opresor y oprimido. Los cínicos están obsesionados con la historia de les revoluciones fallidas, en las que los explotados acaban siendo explotadores. Trabajan a menudo en las universidades, y son especialistas a la hora de ofrecer testimonios de las perversiones de los movimientos de liberación. Los pesimistas suelen ser de izquierdas, o lo han sido, y también están obsesionados con las derrotas históricas de los movimientos sociales revolucionarios, que han llegado a considerar inevitables e irreversibles, pero que utilizan estas derrotas como pretexto para adoptar una plaza dentro del statu quo . Tienen una amnesia motivada respecto a los nuevos movimientos revolucionarios que luchan en estos momentos contra el imperio (por ejemplo, el de los campesinos militantes y los trabajadores del transporte), y usan su pesimismo como excusa para la inactividad y la retirada. Los pesimistas se reducen a políticos liberales que pueden ser cooptados, con frecuencia, por los ideólogos del imperio. Los intelectuales críticos acostumbran a ganar notoriedad entre las clases cultas. Profesando indignación por los estragos del imperio y el neoliberalismo y tratando de sacar a la luz las mentiras, los intelectuales críticos apelan a la élite para reformar las estructuras de poder, de manera que los pobres dejen de sufrir. Este enfoque colaboracionista «da curso a la indignación que resuena en las clases cultas, sin pedirles que hagan ningún sacrificio» (Petras, 2001: 15). En contraposición a todo lo que acabamos de ver, los intelectuales irreverentes respetan a los militantes de primera línea de les luchas anticapitalistas y antiimperialistas. Petras los describe como «antihéroes auto irónicos, cuya tarea es respetada por la gente que trabaja de manera activa para la transformación básica» (Petras, 2001: 15). Destaca que son «objetivamente partisanos y partisanamente objetivos», y que trabajan juntamente con intelectuales y activistas involucrados en luchas populares:

«Dirigen la investigación buscando fuentes originales de datos. Crean sus propios indicadores y conceptos, por ejemplo, para identificar la verdadera profundidad de la pobreza, la explotación y la exclusión. Reconocen que hay pocos intelectuales en las instituciones de prestigio que hayan recibido algún premio y que estén claramente comprometidos con la lucha popular, y son conscientes que estas excepciones se han de indicar, a la vez que admiten que hay muchos otros que, al ascender en la escala académica, sucumben a los incentivos de la certificación burguesa. Los intelectuales irreverentes admiran Jean-Paul Sartre, que rechazó el premio Nobel en medio de la guerra del Vietnam. Sobretodo, estos intelectuales luchan contra la hegemonía burguesa dentro de la izquierda, integrando sus escritos y sus clases docentes con la práctica, y evitando lealtades divididas» (Petras, 2001: 15).

Una pedagogía crítica de la globalización da paso a las preguntas siguientes: ¿cuál es la relación circular que obtiene entre idees, individuos, sistemas de mediación, y modos de producción y actuación? ¿Cómo se forman los seres humanos en el crisol de valor de uso y de valor de intercambio? ¿Cómo se crean nuestras subjetividades a partir de la sustancia del trabajo abstracto, homogéneo, no diferenciado? ¿Cómo han llegado los productos del trabajo humano a resultarnos más importantes que los que los producen? ¿Cómo han llegado las relaciones humanas a estar definidas por la naturaleza de los productos de nuestro trabajo –incluso antes de que los productos se hayan intercambiado por un sueldo? ¿Cómo nos «producen» las relaciones sociales de producción como capital humano?

Pedagogía crítica de la globalización

El reto de los educadores críticos durante las últimas décadas ha sido humanizar el entorno del aula, y crear espacios pedagógicos que permitan vincular la educación a las dimensiones prasio lógicas de las iniciativas de justicia social. Con este efecto, tenemos una deuda imperecedera con la pedagogía crítica. Aún así, analizar la transformación social mediante la óptica de una pedagogía crítica de la globalización escalona la lucha. Este tipo de pedagogía dilata la obertura que la pedagogía crítica ha defendido para el profesorado y los estudiantes, durante las últimas décadas, dado que abre todavía más el encuentro pedagógico de forma que pueda darse cuenta de su arraigo en les relaciones sociales globalizadas de explotación y, al revés, al potencial revolucionario de la lucha transnacional, con igualdad de géneros, multirracial, y antiimperialista. Una pedagogía crítica de la globalización plantea otra serie de preguntes que tendrán que tener presentes profesores, estudiantes y otros trabajadores culturales: ¿cómo podemos liberar el valor de uso de los seres humanos de su subordinación al valor de intercambio? ¿Cómo podemos transformar lo que es menos funcional en nosotros, por lo que respecta a la lógica utilitaria y abstracta de la sociedad capitalista –la autoconciencia de constituir una especie-, en un instrumento mucho más importante de autodefinición? ¿Cómo podemos conseguir que el que representamos para el capital, como mercaderías reemplazables, esté subordinado a aquellos para los que también hemos acontecido agentes sociales críticos de la historia? ¿Cómo podemos conseguir que la autorreflexión crítica sea un principio determinante de quien somos, y que la ciudadanía global crítica acontezca la substancia de lo que queremos llegar a ser? ¿Cómo podemos conseguir que la adopción de una política de la esperanza y la posibilidad sea un fin radical en el mismo? ¿Cómo podemos modificar nuestras subjetividades? ¿Cómo podemos materializar nuestra actividad como una fuerza y una lucha revolucionaria para la autodeterminación de ciudadanos iguales y libres, en un sistema justo de adquisición y distribución de la riqueza social? ¿Cómo podemos hacer y rehacer nuestra propia naturaleza en el marco de les convenciones históricamente específicas de la sociedad capitalista, de manera que podamos transformar esta auto actividad en una fuerza revolucionaria que desmonte el capitalismo, y cree las condiciones para el desarrollo de todo nuestro potencial humano? ¿Cómo podemos enfrentarnos a los «productores» (por ejemplo, las relaciones sociales de producción, los medios de comunicación, formaciones culturales y estructuras institucionales...) como una fuerza independiente (ver McLaren et al. , próximamente)? ¿De qué forma la generalización de la producción de materias y el régimen del valor de intercambio establecen límites internos en la concepción de qué es –y qué podría ser- humano? ¿Qué ecologías de racismo, sexismo y heterosexismo se producen bajo estas restricciones? ¿Cómo han llegado a comportar estas condiciones el asesinato de mujeres en algunos sitios, como Juárez, y su sobreexplotación brutal en los países en vías de desarrollo?

Responder estas preguntas en el contexto de desarrollar un programa de estudio crítico sobre globalización, no será sencillo. Se necesitará una pedagogía y una política de la esperanza. La esperanza representa la liberación de la posibilidad, donde esta funciona como el socio dialéctico de la necesidad. Cuando la esperanza es suficientemente grande, puede dirigir el futuro de nuevo hacia el pasado, donde, atrapado entre los dos, el presente puede salirse de su órbita de inevitabilidad y romper la fuerza del desmesurado orgullo de la historia, con el fin de que aquello por lo que se lucha ya no sea una idea inerte congelada en el interior de lo «que es», sino que acontece una realidad forjada a partir del «que podría ser». La esperanza es el oxígeno de los sueños, y proporciona fuerza de resistencia para la contienda revolucionaria. Los sueños revolucionarios son aquellos en los cuales los soñadores sueñan hasta que ya no hay soñadores y sólo permanecen los sueños, y estos dan forma a nuestra vida cotidiana en cada momento, y abren los pasos elevados de la posibilidad en que se nutren las capacidades, no para recolectar los beneficios sino para satisfacer las necesidades y el pleno desarrollo del potencial humano.

Los próximos días serán testimonio de los frenéticos intentos por parte de las petroleras de la administración de Bush de justificar sus iniciativas de política exterior. Dirán que están haciendo que el mundo sea más seguro para la libertad y la democracia, y que están ofreciendo oportunidades a otros países de beneficiarse de l' American way of life . Todo esto irá acompañado de otros intentos dirigidos a producir una nueva generación de armas nucleares, para poder cumplir los amplios «objetivos de seguridad nacional» de la administración de Bush. Y tendrán a la mayoría de les comunidades cristianas evangélicas detrás de estas iniciativas. Parece como si se hubieran dejado al publico americano fuera del debate. ¿Por qué se tendría que preocupar Bush de lo que piensa el pueblo americano? Ellos no lo votaron.

En la actualidad, el frente más importante contra el capitalismo está impidiendo que los EUA invadan más países, dado que la Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de América establece una conexión irrevocable entre la dominación global estadounidense y el consenso neoliberal de Washington (Callinicos, 2003a). Callinicos avisa de:

«Si los EUA salen victoriosos de Irak, entonces es más posible que la ofensiva pase a América Latina, a la zona del sur donde la oposición al neoliberalismo está más avanzada. Incluso en el supuesto de que no se utilicen los B-52 y las Fuerzas Especiales directamente contra los trabajadores sin tierra del Brasil o los piqueteros argentinos, la victoria del poder militar estadounidense debilitará la lucha contra la pobreza y el hambre en todo el mundo.»

Comentando el sentimiento imperialista del pueblo americano (haciendo una referencia histórica específica a México), John Dewey (1927) escribió que «es muy fácil crear una situación después de la cual los gritos de ‘apoyeis al presidente' y después ‘apoyeis al país' sean agobiantes... El sentimiento público, para que sea permanentemente eficaz, tiene que hacer mucho más aparte de protestar. Tiene que encontrar una expresión en el cambio constante de nuestros hábitos». Haciendo referencia al imperialismo de los EUA desde el 11 de setiembre de 2002, Gilbert Aschar (2002: 81) advierte con solemnidad: «la verdadera e inexorable cuestión es la siguiente: ¿está preparada realmente la población estadounidense para suportar todavía más 11-S, como precio ineludible para una hegemonía global que nada más beneficia a su clase gobernante?» Quizás ha llegado la hora de prestar atención a los comentarios que provienen, no del teatro de la guerra, si no del escenario de guionistas y actores. Hace poco, Peter Ustinov hizo la siguiente observación: «el terrorismo es la guerra de los pobres, y la guerra es el terrorismo de los ricos» (cita en Berger, 2003: 34). Tariq Ali (2003) advierte que «es inútil mirar hacia las Naciones Unidas o a Europa, por no decir Rusia o la China, a la hora de crear algún obstáculo serio a los designios americanos en Oriente Medio». Ali sugiere que nada más «la ira popular» del pueblo iraquí, en forma de una «revolución clásica», puede liberar la región de las tiranías brutales de la influencia americana. Únicamente el tiempo dirá si la comparación de Amin (2003) de la conspiración neoconservadora de Bush con el régimen nazi es exagerada:

«Si hubieran reaccionado en 1935 o 1937, los europeos hubieran sido capaces de parar la locura nazi antes que hiciera tanto daño. Con el hecho de esperar hasta 1939, contribuyeron a las decenas de millones de víctimas. Nuestra responsabilidad es pararlo ahora, para que el desafío neonazi de Washington pueda ser controlado y eliminado.»

No estamos de acuerdo con la noción, que Foucault y otros post estructuralistas proponen; que plantear una visión de futuro sólo refuerza la tiranía del presente. De manera similar, rechazan la insistencia de Derrida que es imposible oponerse a los fetiches. A nuestro parecer, es un acte de autoderrota incorporar el consejo de muchos post modernistas: todo lo que podemos hacer es poner en marcha una crítica sin fin de las formas de pensamiento definidas por el fetichismo de les mercaderías. Bien al contrario, creemos que podemos hacer mucho más que disfrutar de los síntomas de alienación de un mundo donde los sujetos del capitalismo han ido desapareciendo, constantemente dentro del remolino de la historia (ver Hudis: 2003). Como Peter Hudis (3003) comenta, este derrotismo proviene del hecho de que los críticos crean que la producción de valores en el capitalismo es natural e inmutable. Nosotros consideramos que la forma de valor para mediar dentro del capitalismo es permeable, y que hay otro mundo posible más allá del universo social del capital. Nos interesa desarrollar una visión con esta finalidad, no un cianotipo. También estamos comprometidos con la idea de que la pedagogía crítica revolucionaria puede jugar un papel destacado en el desarrollo de esta visión. Las voces y las acciones de los educadores críticos acontecerán más cruciales a partir de ahora. Independientemente de la forma organizativa que adopte su lucha, necesitaran dirigirse a una audiencia global que comparta la esperanza radical de un futuro socialista. Esta lucha se beneficiará no sólo de los sólidos intentos antiglobalización de estudiosos y activistas, si no también de estudiantes y profesores de universidades y escuelas publicas que están entrando a formar parte del desarrollo presente de una pedagogía crítica de la globalización.

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