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67&68
Historias de vida y emancipación.
Diciembre 2011

Historias de vida y emancipación: Subjetividad, conflicto y cambio social.

José Ignacio Rivas Flores
Dpto. Didáctica y Organización Escolar. Facultad de Ciencias de la Educación. UNIVERSIDAD DE MÁLAGA

 

Vivir, quizás, no sea más que un camino (más o menos largo) para comprender-se en el mundo en que vivimos; y la comprensión no sea más que el intento de hacerse con las riendas de la propia vida o, al menos, de tener una idea de qué hacemos aquí. Este sería el camino de la emancipación: el sentirte el actor o actriz de tus días. El grado de <éxito> de cada sujeto en esta tarea es una consecuencia de cada historia en particular y de las condiciones en que se desarrolla, pero sin duda, todas estas historias son parte del proceso de construcción de la humanidad. Siguiendo a Morín (2001), podríamos entenderlo como el proceso de salvación en cuanto especie, y no como sujetos individuales. En cuanto sujetos, formamos parte de la sociedad, la cual se constituye en humanidad entendida como especie; esto es, como parte de la naturaleza de la que todos los seres vivos formamos parte.

Por otro lado, el conocimiento, siguiendo a Bruner (2003) es siempre narrativo. Esto es, podemos pensar el mundo en cuanto que lo narramos, de forma que la experiencia humana lo es, en cuanto que es contada. Esto nos sitúa, sin duda, en la perspectiva constructivista, que es precisamente en la que las Historias de Vida tienen sentido, no sólo como una manifestación de la individualidad, sino como el modo en que comprendemos nuestra vida, y de este modo, el mundo en el que vivimos. Afirma Ferrarotti (2007).

 

La historia de vida se me presenta entonces como una historia de constricciones que pesan sobre el individuo –un conjunto de condicionamientos más o menos determinantes-y al mismo tiempo como un complejo de estrategias de liberación que el individuo pone en juego aprovechando las “buenas ocasiones”, los atisbos intersticiales… (pág. 28)

 

Este monográfico se construye desde esta perspectiva, buscando poner en evidencia historias particulares que pueden ser interpretadas y re-vividas como historias de emancipación, en el sentido que estoy presentando. No son héroes ni heroínas, ni personajes insignes, sino sujetos que tienen una historia, una experiencia de vida que mediante su relato, están creando las condiciones para comprender el ser humano. Son historias de emancipación en la medida que nos narran diferentes modos de comprensión de cada uno de los sujetos de sí mismos y de los escenarios en los que ha / está transcurriendo su vida. Como afirma Schopenhauer (2008: 27), <El mundo es mi representación>, los cual sería una verdad con validez para todo ser que vive y conoce, si bien sólo el ser humano puede concebirla a través de la conciencia reflexiva y abstracta:

 

… le resulta claro y cierto que él no conoce un sol ni una tierra, sino sólo un ojo que ve un sol y una mano que siente una tierra; que el mundo que le rodea existe sólo como una representación, es decir, sólo en relación a otro, al ser que se lo representa, que no es sino el mismo (27).

El mundo se construye desde la experiencia de cada sujeto y el modo como afronta su vida, siendo no sólo a quien se le representa este mundo, sino quien construye esta representación a lo largo de su vida. Sin duda, superando los riesgos de un reduccionismo individualista, el encuentro intersubjetivo está en la base de esta construcción, ya que no puede haber relato sin comunicación, sin diálogo. De este modo, la representación del mundo que cada sujeto construye en su experiencia es parte de la construcción colectiva que históricamente la humanidad va realizando, desde las relaciones de cooperación, de competitividad, de conflicto, etc.

 

Las historias de vida, consideradas de este modo, se alejan del racionalismo prescriptivo que entiende al sujeto como objeto de regulaciones para convertirse en una estrategia de resistencia, al dotar de identidad al sujeto en un contexto interactivo y de relación. Hay una recuperación de la subjetividad como posibilidad de transformación y de cambio en la medida en que nos consideramos parte de una perspectiva global. Cada sujeto, a modo holográfico o de fractal, contiene el todo de la sociedad, el mundo y la historia de la humanidad. O como plantea de nuevo Schopenhauer (2008), construir el sujeto individual es construir el sujeto colectivo y global.

 

No podemos pensar pues, en una racionalidad ajena a los sujetos que nos organiza, nos controla y nos pauta nuestras vidas, de acuerdo al modelo autoritario vigente, sino en una construcción en la que todas y todos participamos, queramos o no, seamos conscientes o no. Las historias de vida es un modo de hacer consciente y reflexivo este proceso de construcción, como nos proponía más arriba Schopenhauer. Hacer pública la voz subjetiva, por tanto, es una forma de resistencia, de lucha social, de reivindicación, tal como nos demuestra el hecho de que en el origen del giro epistemológico que tuvo lugar a mediados de los 70 (Hernández, 2010), se encuentran los movimientos feministas, a los que posteriormente se unen otros colectivos de excluidos, de marginados o de subyugados de una forma u otra. En educación las historias de vida suponen una forma de recuperar la voz propia de los docentes y del alumnado, frente a un sistema educativo normativo, híper-regulado y controlador, tal como se manifiesta en el mundo occidental actual.

 

Como ya planteaba en una revisión de mi propia historia como investigador (Rivas, 2007), este proceso de recuperación de la subjetividad forma parte de la propia lucha social, política e ideológica que caracteriza el mundo, casi desde su origen, pero de forma especial desde inicios del pasado siglo XX. Se encuadra dentro de la confrontación histórica que tiene lugar desde que las culturas empezaron a establecer diferencias entre los seres humanos. Desde el punto de vista como investigador, sin duda trabajar con historias de vida es algo más que simplemente posicionarse en una lucha de paradigmas; más bien me sitúa, como sujeto, en una lucha de posiciones sociales, políticas, culturales e ideológicas. Como plantea Tobin, (2011: XXII), el paso hacia la subjetividad es una necesidad epistemológica, ética y política.

 

Las historias de vida podemos decir que no sólo nos hablan de la vida de los sujetos sobre los que versa, sino que nos ponen sobre el tapete, dentro de esta perspectiva holográfica, los contextos sociales, culturales y políticos en los que esta historia se ha construido. Podemos interpretar, por tanto, que están representando el aprendizaje que cada uno de los sujetos hace de los contextos en los que ha vivido, destapando o develando los procesos que tienen lugar en la constitución de los sujetos y de las realidades que vive. Por tanto, descubre los conflictos, las contradicciones, los sufrimientos, las luchas, así también como los éxitos, las conquistas ... que tienen lugar en estos escenarios.

No resulta extraño, por tanto, que las perspectivas críticas en ciencias sociales, de una forma u otra plantean las narraciones como el modo de construir el conocimiento desde una perspectiva transformadora. El relato racionalista y moderno que ha focalizado la idea de verdad y que ha acaparado la idea de ciencia, desde el positivismo y la lógica funcionalista, ha estado más preocupado por describir o, planteado de otro modo, descubrir la realidad, que por transformarla. El relato científico positivista se convierte, de este modo, en un modo de jerarquizar la sociedad y de estratificarla, en la medida en que se preocupa por establecer un orden desde la prescripción técnica. Las consecuencias de esta visión tienen que ver mucho, desde mi punto de vista, con el resurgir del autoritarismo y del paulatino proceso de deshumanización, en aras del “progreso” (en la forma que el racionalismo liberal lo entiende), propios de la sociedad actual.

 

Desde una posición crítica la prescripción técnica es sustituida por la transformación social desde la conciencia y la reflexibilidad; esto es, desde la posibilidad del sujeto de concebirse como parte de un colectivo con el que construye la realidad. De este modo el encuentro o la relación, surgen como ejes de una forma distinta de acción. Del encuentro surge la “huella” que hace que los sujetos nos vinculemos en un proceso colectivo, ya que nos obliga a interpretar la vida del otro, a partir de la cual hay una toma de postura. La huella es diferente a la marca o a la impronta que uno pueda dejar en otro. No me estoy refiriendo a una influencia o una acción directa del otro sobre mí, que me hace cambiar, sino a una posibilidad que se origina desde el encuentro, a la que puedo responder de formas muy diversas. O incluso no responder. Depende de mi propia historia, así como de mis intenciones, de mis afectos o de mi propia sensibilidad.

 

De este modo la construcción de la realidad se hace compleja, diversa y heterogénea, lejos del pensamiento monolítico racional-liberal. Los sujetos con los me he encontrado como investigador, como educador, como sujeto, como hombre, como ciudadano de un estado, etc., me han permitido construirme en lo que soy ahora, y la capacidad de reflexionar sobre este proceso me permite comprender el camino seguido y, de acuerdo con ello, asumir mi propia historia como parte de la historia colectiva. Por tanto, me hace responsable del mundo en el que vivo y en el que actúo. En esta forma de conciencia radica la posibilidad de la emancipación, siguiendo el pensamiento freireano.

 

Las Historias de Vida suponen, en este sentido, la posibilidad de construir un conocimiento público desde las voces subjetivas, entendidas como portadoras de sentido y de contenido. Parafraseando a Tobin (2011) en su presentación del pensamiento de Kincheloe, en las narraciones se tejen los hilos del conocimiento y de la comprensión. Forma y contenido se puede decir que se unen en este planteamiento, ya que no sólo la posibilidad de conocer, sino el conocimiento mismo, es el que se nos ofrece en cada una de las historias, ya que cada una de ellas es el modo en que el sujeto ha construido el mundo.

 

Las historias que presentamos en este monográfico suponen el conocimiento que cada uno de los sujetos de los que hablan ha construido a lo largo de su vida, o del relato que presenta. Por tanto, nos ponen en situación de transformar la realidad. Hay algo que les identifica y les hace formar parte de este proyecto: todas son historias desde la exclusión, la diferencia o la marginalidad. También, sobre todo en algún caso particular, son historias de dominados y silenciados. En ningún caso son historias desde el poder. Por tanto, nos permiten percibir y comprender la realidad desde este ángulo en particular; del que nunca tuvo la voz, o de la que fue olvidada u ocultada por la razón histórica o de la autoridad dominadora. No es la voz de los que manejan los hilos de la economía o de la política, sino de los que las padecen.

El monográfico presenta diferentes historias y de diferentes tipos. 3 de ellas son personales y pertenecen a diferentes sujetos que han seguido trayectorias distintas: una corresponde a un anarquista que sufre la derrota, la represión y el silencio; otra es de un campesino que vive su vínculo con la naturaleza como una realidad particular; y por último, un ex-drogadicto, ex-delincuente, que nos habla de marginalidad y exclusión. Por otro lado, se presenta otra historia, que si bien tiene que ver con un sujeto en particular, nos habla de un pueblo, de una lucha colectiva, o quizás de una lucha por sobrevivir en la negación como persona y como historia. Es la historia de los Wichí, pueblo originario del Chaco argentino que vive en la precariedad y el riesgo de extinción. Otro trabajo nos remite a una realidad colectiva, manifestada en obras individuales: el analfabetismo representado por medio de la narración literaria, construyendo un mundo paradójico, pero sin duda paradigmático. Por último, presentamos un trabajo que habla de la emancipación desde la acción educativa, no tanto desde las historias personales, sino desde un proyecto de acción.

 

A través de estos relatos se va perfilando una realidad compleja, diversa y paradójica. Cada una de ellas supone una lectura diferente de esta realidad que tejen diferentes conocimientos acerca de la vida, la sociedad, la cultura, la historia y el ser humano.

 

A través del relato de Lecko conocemos quiénes son los Wichí, y su historia de supervivencia en condiciones sumamente adversas. La vida que se nos relata es también la vida de todo su pueblo; sus años de dominación y de silencio. La última acción de exterminio contra ellos no hace ni 100 años y aún está en el recuerdo de sus descendientes y algún superviviente que aún vive. Su relato es un alegato contra el etnocentrismo y la dominación de la “civilización” occidental; la acción de la colonización que se convierte en opresión y sometimiento. ¿Cómo sobrevivir en estas condiciones? ¿Cómo se mantiene el orgullo de pertenecer a una cultura? ¿Qué identidad se puede construir desde el exterminio y la negación? Son algunas de las cuestiones que se nos ponen sobre la mesa.

 

Pedro, por su parte, nos cuenta una de las muchas historias silenciadas por el miedo y el dolor, la de aquellos que perdieron la guerra, pero sobrevivieron en la dictadura desde la negación de su militancia, sus creencias y su ideología. En definitiva, negando su propia historia para poder seguir viviendo. Es una historia “en bruto”, que de alguna manera habla por sí sola, sin el envoltorio del interprete. De alguna forma, el relato mismo es la comprensión de Pedro de si mismo y su trayectoria. Nos presenta el sentido de la educación, del deseo de conocer, de la voluntad de aprender, a pesar de todo, de quien le fue negada esta opción por una cuestión de clase; en definitiva por nacer en un lado de la raya.

Pablo y José Miguel nos presentan sus historias cruzadas. Una que busca comprender y otra que quiere seguir viviendo como persona y ciudadano. No se habla sólo de una historia individual sino que justamente se ofrece la idea de encuentro que he ido exponiendo en esta presentación. José Miguel narra una historia de marginalidad, que tiene que ver con su pertenencia a un colectivo, a un barrio, a una clase social. Nos habla también de la superación, de resiliencia, de aprender a vivir de nuevo, de dar sentido a una vida. Pablo nos habla de la transformación personal desde el encuentro con José Miguel y el compromiso a que le conduce.

 

Antonio Rufina es de campo, vive en el campo, vivió en el campo… Forma parte de esa mayoría silenciosa que ha sido eliminada de la comprensión de una sociedad urbana, mecanizada y artificializada (si me permite el neologismo). Qué significa vivir en un entorno rural en este escenario, el cual se ve acosado, minimizado y en ocasiones anulado. Rufina nos habla de la ciencia natural, del conocimiento de la experiencia que se construye desde la tradición y el respeto por la naturaleza, por el entorno, por la vida en su sentido más amplio. Pero al mismo tiempo presenta la posibilidad de transformarse desde esta tradición para cambiar y mejorar en este mismo entorno. De algún modo nos desmitifica la idea del atraso secular del campo, de la imposibilidad de su transformación, sino es desde la acción técnica, del experto (urbanita, por supuesto).

 

Valentín y Pilar nos hablan de un proyecto para la transformación de la propia acción desde un proceso de emancipación, a través de la acción reflexiva. Es el menos personal de los relatos que se nos presenta, el menos subjetivo en el sentido que manejamos el término en las historias de vida, pero nos permite reflexionar sobre lo que significa la emancipación como un principio de acción, como una búsqueda constante. Presentan un proyecto de investigación – acción en un grupo de formadores de adultos que pugnan por cambiar desde la comprensión de su acción.

 

Por último José Beltrán nos ofrece un atractivo relato elaborado desde el sentimiento, desde el afecto y la emoción. Algo nos subyuga desde el principio del artículo: el respeto y la consideración a los relegados socialmente por su condición de analfabetos. Nos pone frente a la desconsideración, a la autonegación, a la impotencia de saberse inferior, para recuperar su condición de sujeto, de ciudadano, de persona, con plenitud de derechos y deberes. Esto se hace a través de relatos mediados por otros autores, que utilizan el personaje como forma de creación. Cómo se presenta el analfabeto en el relato literario. Las historias presentes en 3 novelas nos introducen en este mundo anónimo, que no puede darse a conocer porque carece de las herramientas que la cultura ha elaborado para comunicarse socialmente, convirtiendo la palabra en un patrimonio de un colectivo: el que sabe leer y escribir.

 

Poder ofrecer estas historias para mi supone un compromiso personal con cada una de ellas y con los que lo hacen posible poniéndolas a nuestra disposición. Confiaría que ningún lector podrá seguir siendo el mismo, después de este encuentro con estos retazos de vida.

 

Referencias bibliográficas

Bruner, J. (2003). La fábrica de Historias. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Ferrarotti, F. (2007). Las historias de vida como método. Convergencia (44), 15-40.

Hernández, F. (2010). Las historias de vida en el marco del giro narrativo en la investigación en Ciencias Sociales: los desafíos de poner biografías en contexto. In F. Hernández, & J. M. Sancho, Historias de vida en Educación. Biografías en contexto. Barcelona: Esbrina (http://hdl.handle.net/2445/15323).

Morín, E. (2001). Los siete saberes básicos para la educación del futuro. Barcelona: Paidós.

Rivas, J. I. (2007). Vida, Experiencia y Educación: La Biografía como Estrategia de conocimiento. En I. Sverdlick, La investigación educativa. Una herramienta de conocimiento y de acción (págs. 111-146). Buenos Aires: Novedades educativas.

Schopenhauer, A. (2008). El mundo como voluntad y representación. En A. Schopenhauer, Obras Completas (Vol. I, pp. 27-594). Madrid: Gredos.

Tobin, K. (2011). Learning from a Good Mate: An Introduction. En J. Kincheloe, Key Works in Critical Pedagogy (págs. XV-XXIV). Rotterdam, Holanda: Sense.